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Las eclécticas investigaciones de Pablo Egaña: Nuevo profesor Escuela de Negocios UAI

23 de Septiembre 2019 Noticias

Cuando el nuevo académico de la Escuela de Negocios UAI, Pablo Egaña del Sol, tenía 15 años, le comentó a su abuelo materno, Fernando del Sol —quien fuera por más de 50 años profesor de ingeniería civil en la Universidad de Chile— que se iría a estudiar un doctorado en Economía a Alemania. No parece el sueño típico de un quinceañero, pero había escuchado desde chico las historias de varios antepasados y parientes yéndose a estudiar afuera y lo encontró un camino interesante para conocer y entender el mundo. “Mi abuelo ya me había regalado una de las primeras ediciones españolas —de esas que hay que separar las páginas con cuchillo– del Capital de Marx. Quería entender el mundo a través de la Economía, los incentivos, cómo la gente se relaciona, cómo la gente toma decisiones individuales y colectivamente,” cuenta hoy, recordando a esa versión joven de sí mismo. Pero… ¿qué le respondió su abuelo? “Me dijo que no me fuera a Europa, que nunca podría hablar un alemán académico decente, que a él mismo que estudio en el Liceo Alemán le sería imposible, y que además la economía hoy se escribe en inglés, y que Estados Unidos es líder en la materia…y años después finalmente así lo hice.”

Sin embargo, nos estamos adelantando varios años en la vida del investigador, quien después de estudiar Ingeniería Comercial en la Universidad de Chile, decidió hacer un Magíster en Economía en la misma institución. Un programa que le exigió mucho esfuerzo y que reforzó sus ganas de dedicarse a la investigación y a la Economía en particular. Además, lo llevó a realizar la primera gran investigación en la que estuvo involucrado y que tuvo gran repercusión: La influencia de la música en el desempeño académico, estudiado en los niños que fueron parte de la  famosa orquesta de Curanilahue. Un trabajo inusual -él mismo se pregunta: “¿cómo transformas una experiencia artística en algo que tiene una relevancia económica?”– pero que sin embargo, para Pablo no se alejaba tanto de sus intereses porque toca batería desde niño, e incluso formó parte del grupo Santiago Beatnik antes de irse a estudiar afuera. “Siempre tuve la inquietud de juntar diversas disciplinas y la orquesta fue un trabajo súper bonito, a todo el mundo le hacía sentido.” Ese trabajo tuvo muy buena recepción en Chile y en el extranjero: Incluso The New York Times publicó un reportaje sobre una de las participantes.

Una pausa

Todo indicaba, pues, un exitoso camino en la academia, pero a los 23 años, cuando estaba terminando su Magíster, lo llamaron del gabinete del ex Ministro de Relaciones Exteriores del gobierno de Michelle Bachelet, Alejandro Foxley. Lo querían para ser consultor del Banco Interamericano de Desarrollo, debido a que ya en ese tiempo sabía mucho de innovación y desarrollo económico. Pasó todas las entrevistas y se quedó con el puesto. Pero no por mucho tiempo.

En paralelo seguía ligado al tema de las orquestas, y la Subsecretaría de Desarrollo Regional y Administrativo quería ahondar en esta experiencia en Arauco, una zona muy deprimida. “Vieron en esta experiencia una oportunidad de cómo tirar para arriba una localidad y me invitaron a que me fuera a Arauco, a intentar armar un proyecto que entendiera el vínculo entre estas experiencias y la identidad y el desarrollo económico local, en el espíritu de Akerlof y Kranton. Trabajamos con antropólogos de la Universidad de Chile para entender el vínculo entre música, participación, arte y desarrollo local,” cuenta Pablo, quien dejó su trabajo en el Ministerio para dedicarse completamente a esto.

Su investigación se enfocó en cómo este tipo de experiencias transforman las habilidades socioemocionales y también la creatividad de los participantes. “Tiene efectos en la resiliencia y perseverancia. Por ejemplo, si bien los niños provenían de lugares pobres, tenían ambiciones súper altas como estudiar Medicina o Enfermería, profesiones respetadas en esa zona.” Hay casos de niños que dieron la prueba hasta 6 veces para lograr el puntaje requerido. “Eso está en los datos. Es una experiencia que puede generar ese nivel de motivación.”

“No se puede explicar lo que se siente al hacer algo bien”

Terminada esa experiencia, Pablo Egaña trabajó un tiempo como profesor instructor en la FEN de Universidad de Chile antes de irse a estudiar su doctorado en Columbia, EE.UU. Pero antes de partir, se involucró en un proyecto que de alguna forma condicionó varias decisiones de estudio que tomó cuando estaba en Estados Unidos.

Esto porque se hizo parte de un proyecto del Consejo de la Cultura y de las Artes llamado “Acciona”, que llevaba a artistas a liceos públicos. “No profesores de arte, sino que artistas profesionales, durante un semestre. Lideré la evaluación del programa. Eso fue súper interesante porque tenía que medir la creatividad en sí misma. Armé con un equipo de 3 artistas para evaluar dibujos en términos de su capacidad creativa,” cuenta, agregando  que hace poco reescribió este proyecto para vincularlo a los emprendimientos. “No hay evidencia conclusiva en el mundo de cómo se tiene que enseñar emprendimiento, pero sí hay ciertas formas de enseñar habilidades que son importantes para el emprendimiento, como la creatividad, la resiliencia, saber aprovechar oportunidades.” Entonces en su investigación, lo que intentó demostrar es que se podrían usar experiencias como las del programa “Acciona” en desarrollar la capacidad de emprendimiento, ya que afecta dimensiones y comportamientos relevantes para cualquiera que desee emprender. “Cambia el comportamiento. Por ejemplo, el uso del tiempo. Niños de 16 años ven menos tele, ven más películas, van más al teatro, al cine o empiezan a hacer cosas con sus manos, dejando de ser consumidores pasivos. Ellos empiezan a crear su propio contenido, ideas,” explica Pablo, agregando que además, pueden ver que con trabajo constante, se logran resultados a mediano e incluso a corto plazo. “Imaginate que comienzas tocando en una orquesta y te pasan la primera partitura: no entiendes nada!, pero al cabo de unos meses de trabajo dedicado logras darle contenido y fuerza a tu instrumento, y así a la orquesta entera. Luego, tocas frente a tu comunidad en una plaza a fin de año: Allí, los incipientes músicos se dan cuenta y sienten que su trabajo y dedicación ha dado frutos. Hay pocas experiencias que logran emular esa satisfacción de conseguir algo, ver el resultado de horas de trabajo. Eso hay que generarlo de forma real, no es artificial. No se puede explicar lo que se siente al hacer algo bien.” Esa experiencia les permite tener un desarrollo socioemocional, pero… ¿cómo lograr medirlo? Por lo general se hace mediante test autorreportados, pero Pablo creía que no era la mejor manera y así llegó a su doctorado.

Doctorado

Haciéndole caso al consejo de su abuelo, Pablo decidió estudiar un doctorado en EE.UU, y por casualidades de la vida terminó un programa en Desarrollo Económico Sustentable en Columbia University, Nueva York. Eligió este programa porque le interesó que buscara desarrollo económico, pero haciéndose cargo de los desafíos del futuro nivel social y ambiental. Sin embargo, seguía inquieto en su necesidad de medir el desarrollo socioemocional de las personas y sus advisors de Columbia le contaron que el departamento de neurociencias de esa universidad era el mejor del mundo, que fuera a hablar con ellos. “Fui, toqué muchas puertas, hablé hasta con Eric Kandel. Terminé haciendo cursos de neurociencia por un año, con estudiante de doctorado de neurociencia. Estudié desde lo más básico hasta la frontera de un subcampo de la neurociencia. La neurociencia es interesantísima, convergen muchas disciplinas, y todavía se sabe bastante poco. Me metí en la Ingeniería Biomédica, en los electroencefalogramas.” En esa literatura, dicen, los investigadores desarrollan formas de detectar emociones utilizando medidas fisiológicas y otro tipo de indicadores, es decir, intentan predecir el estado emocional en base a ciertas medidas fisiológicas, y tienen una predicción exitosa en un 80% aproximadamente. “Al final inventé una metodología para poder medir o aproximar estas reacciones emocionales en el field, en el mundo real, en la sala de clases. Básicamente lo que hice fue inventar una metodología, pilotearla en Columbia en un laboratorio, con una muestra chica, y me vine a Chile a buscar una intervención que afecte lo socioemocional para testear mi hipótesis. Me uní con una ONG  que estaba haciendo unos programas de emprendimiento en el norte, en Coquimbo. Tenían 8 escuelas participando, por lo que 4 iban a tener el tratamiento el primer año y 4 iban a ser control.” Así, fueron a medir en marzo y en octubre  a los alumnos de este programa que era learning by doing and failing, e intentaban emular la sensación de fracaso o de satisfacción. Pablo hizo un laboratorio portátil con 7 encefalogramas y computadores. “Le ponía electrodos en los colegios, me pasaban la biblioteca, y armaba mi especie de laboratorio portátil. Éste es el capítulo final de mi tesis de doctorado. Llevaba a los niños en grupo, logré recolectar 500 encefalogramas de los cuales 300 era útiles después de procesarlos.” Ese capítulo final de sus tesis tiene que ver con lo que postula Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía, autor de “Pensar rápido, pensar despacio”. Pensar rápido es pensar  intuitivamente, pensar lento es pensar  deliberativamente.  “Le cambié el título y le puse sintiendo rápido y lento, es decir, cómo tu reaccionas emocionalmente a las cosas, cómo te afectan las cosas y cómo la puedes regular.” Su intención era entender el rol de las emociones en la economía y en particular en el emprendimiento y en la educación y de ahí vincularlo al mercado laboral.

Pablo también realizó un  postdoctorado en MIT: Lo hizo en un grupo que intenta medir  emociones pero usando computadores, cámaras, smartwatch, cosas que miden la piel de gallina. “Uno refleja mucho en las expresiones faciales y en la piel con respecto a lo emocional y eso se puede medir.”

Desarrollo Sustentable

Haciéndole honor a su doctorado en Desarrollo Económico Sustentable, el  nuevo profesor de la Escuela de Negocios también investiga sobre estos temas. Por ejemplo, escribió el capítulo para un libro sobre los desafíos en educación para que haya mayor consciencia sobre los desafíos ambientales, económicos, sociales y culturales. Además, un tema nuevo en que está trabajando es sobre los desafíos del futuro del trabajo. “Me empecé a meter en temas de la automatización y la digitalización y ha sido muy interesante. La automatización fue volver a aprender una nueva literatura, leer todos los papers, meterme en los modelos y desafíos. Puedes determinar ciertas cosas del futuro, con datos de todo el mundo, que te permite ver qué tareas están realizando  hoy y cuál es la probabilidad que sean automatizadas. Muchas funciones que haces tú hoy se van a automatizar, te va a liberar tiempo, pero a la vez van a ser habilidades que van a ser necesarias para muchas pegas.” Como los trabajos que no se van a reemplazar son las que necesitan personas para temas emocionales, entonces toda la línea de investigación de Pablo es coherente con esto.

En la Escuela de Negocios, el profesor Egaña se incorpora al grupo INES donde, debido a su experiencia transversal en estas tres áreas, espera poder seguir aportando en su desarrollo. De hecho, ya está discutiendo proyectos muy interesantes de investigación con Claudio Bravo-Ortega, José Miguel Benavente y José Opazo.

 

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