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Viña del Mar ciudad industrial

14 de Febrero 2018 Columnas

En época de festival, con las playas llenas de bañistas y las calles colapsadas de autos, resulta difícil imaginar a Viña del Mar en un rubro diferente al del turismo y descanso que la Municipalidad tanto se esmera en destacar. Sin embargo, y como ha sido estudiado por autores como Ximena Urbina y Piero Castagneto, a inicios del siglo XX, nos atrevemos a asegurar que si había algo que distinguía a Viña del Mar era su rol industrial. Aunque el sentido original de la ciudad fueron sus viñas, la disponibilidad de terreno plano favoreció la instalación de diversas industrias que se desprendían del desarrollo económico que tenía el puerto de Valparaíso. Un año antes de la fundación oficial de Viña del Mar, un visionario Julio Berstein instaló en estos terrenos la primera refinería de azúcar en Chile, el 26 de febrero de 1873.

Unos años después de su creación, la empresa se amplió a otros socios transformándose en una Sociedad Anónima. Se trataba de un proyecto revolucionario que involucraba un trato especial para los trabajadores a quienes se los hacía parte de la “ciudadela” y que en su interior albergaba según la crónica de julio Hurtado: “además de la refinería misma y una planta eléctrica, servicios médicos, restorán, biblioteca, club social, gimnasio techado, billares, una cancha de palitroques y hasta un buen cine de 500 butacas inaugurado en 1938 y abierto a todos los habitantes de la ciudad (…) en Ocho Norte casi esquina de San Martín, un estadio se ofrecía a toda la ciudad”. La historia de Viña del Mar aparece marcada a fuego por esta industria. El mismo Hurtado en las páginas de este diario destacaba que era difícil que algún habitante no tuviera un familiar relacionado con la CRAV.

El crecimiento de sus inversiones a otros rubros, la dependencia del mercado extranjero y la crisis de 1981, fue un cóctel fatal que acabó con poco más de un siglo de historia. El muelle Vergara y algunos rastros de rieles son los vestigios de un ferrocarril que transportaba el azúcar desde la fábrica hasta Ocho Norte.

De manera similar, de no ser por una que otra fotografía que recuerda el sector, sería increíble pensar que donde hoy está una de las playas más populares de la ciudad, Caleta Abarca y el hotel Sheraton Miramar, funcionaba, desde 1883, la maestranza comercial Lever, Murphy y Cía. Esta fábrica contaba con una amplia rampa de lanzamiento en la playa para sus buques y también se destacó por ser la cuna de la primera locomotora construida en Sudamérica, bautizada José Manuel Balmaceda en honor al presidente de la época en 1887. Lever, Murphy y Cía., además, fue la encargada de construir los principales puentes para la red de ferrocarriles que comenzó a unir al país y, desde este mismo lugar también surgieron algunas naves iconos de la Armada como el Meteoro. Cuatro décadas duró esta maestranza en Viña del Mar, hasta que dio paso a la playa y al hotel Miramar.

A pesar de que la Ley de Casinos de 1928 fue un punto de inflexión en el camino a convertirse en una ciudad turística, a mediados del siglo XX todavía aparecían desarrollos empresariales que apostaban por esta ciudad como sede: fábricas de velas, cerillas, fideos, sebo, que se sumaban a industrias más grandes como Textil Viña, la Unión Lechera de Aconcagua y Ambrosoli. Hasta la década del noventa el olor a caramelo era distintivo en el sector norponiente de la población Vergara.

Hoy en día, Viña del Mar es un ejemplo de una ciudad que ha ido adaptando su vocación al ritmo de los tiempos y del desarrollo. Aunque todavía hay una serie de tareas pendientes, como dar solución habitacional para acabar con los campamentos, es un ejemplo que Valparaíso debería revisar para definir hacia dónde quiere ir.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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