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Un tema urgente (o la vergüenza de Chito faró)

8 de Octubre 2017

En algún momento, por ahí por 2003, Chile dejó la inocencia pueblerina que lo había caracterizado históricamente y se creyó el cuento de que –con autopistas, centros comerciales al por mayor y la mente puesta en la producción y el crecimiento- éramos los “tigres de Latinoamérica”.

Así lo decían incluso en otros países, que alababan cómo este país avanzaba hacia el desarrollo. De hecho, un trabajo académico de la Universidad de Harvard, fechado unos años antes y suscrito por Robert Kennedy y Teresita Ramos, hablaba de aquello y citaba al presidente George Bush, que había dicho “Uds. se merecen la reputación de ser un modelo económico para otros países en la región y el mundo”.

Además de ser reconocidos en esa área, como país nos sentíamos orgullosos –históricamente- de nuestra idiosincrasia y, dentro de ella, de la forma en que recibíamos la incipiente llegada de extranjeros a suelo nacional. En el mismo documento, se afirmaba que durante más de un siglo no había límites ni objetivos oficiales de inmigración, y que la mayor parte de quienes llegaban al país eran europeos. Hasta ese momento, todavía cantábamos el vals de Chito Faró: “Y verás cómo quieren en Chile al amigo cuando es forastero”.

Hoy avergüenza siquiera pensar en esas líneas. Pareciera ser que ese cariño hacia el extranjero solo existe en tanto y cuanto el recién llegado provenga de viejo continente, Norteamérica y uno que otro país latinoamericano. Pero cuando se trata de otros, la tonada se nos va en collera, sobre todo cuando existe un componente racial. Al parecer, si el forastero es blanco, bienvenido. Si su tez es más morena, no merece estar aquí.

Se sabe que hay poco menos de 500 mil extranjeros viviendo en el país. Hace ya unos años, el forastero dejó de ser europeo y comenzó a tener otros orígenes. Peruanos y bolivianos, en un comienzo. Luego ecuatorianos y colombianos. Finalmente, hicieron su arribo personas provenientes de Haití, que terminaron de pintar de distintos colores nuestras calles, lugares de trabajo y de estudio.

Entonces, el chileno pasó de “querer” a discriminar y violentar. Sobre todo a haitianos. En las últimas dos semanas, una mujer de esa nacionalidad, Joane Florvil, murió luego de ser detenida y –ante la inoperancia de las fuerzas policiales, que no fueron capaces de buscar un traductor – terminó golpeándose a sí misma contra las murallas, de impotencia, de rabia, hasta fallecer horas después en la asistencia pública.

Unos días después, un taxista obligó a bajar de su auto a Lina García, una mujer colombiana en pleno trabajo de parto. Luego se supo que el bebé llevaba muerto varios días, lo que algunos usaron para exculpar al conductor. ¿El que el niño no estuviera vivo aminora la conducta absolutamente animal del chofer?

Pero todavía hay más. Los comentarios a la noticia, de al menos medio centenar de chilenos, eran increíblemente vomitivos. Los epítetos, garabatos de grueso calibre e irreproducibles, que varios connacionales no solo pensaron, sino que además dejaron por escrito, hacen avergonzar a cualquiera que se precie de ser humano.

En el debate realizado por El Mercurio de Valparaíso el pasado miércoles, la inmigración fue uno de los temas, aunque no hubo tiempo para profundizar. Nuestra región es la cuarta a nivel nacional en cantidad de extranjeros y ahora, incluso, estamos ad portas de recibir un grupo considerable de sirios, mientras que en las calles los haitianos son una realidad palpable.

Pese a ello, no existe una política definida ni una normativa que dé cuenta de la nueva y cosmopolita realidad del país ni de la región. Tampoco existen cátedras escolares o universitarias que transformen la multiculturalidad en un activo para los niños, que más bien reciben el estímulo de padres poco acostumbrados a la diversidad y que fácilmente pasan del miedo a la discriminación y la xenofobia.

Este es uno de los temas que debe ser considerado con urgencia por los candidatos, tanto al Parlamento como a la presidencia. ¿Cuál será su línea de acción respecto de la inmigración? ¿Qué tipo de normativas propondrán? ¿Cómo se transforma una mentalidad arribista y tradicionalista en una que acoja, así como los chilenos son bienvenidos en el resto del mundo?

La llegada de extranjeros es una realidad y se debe legislar para la regulación, pero también para la protección. Es un tema urgente. Ellos llegaron buscando mejores posibilidades, no puede ser que por la falta de normativa, de integración o de humanidad, lleguen a buscar la muerte, como Joane Florvil.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

 

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