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Plebiscito

7 de Febrero 2020 Columnas

De la columna de Gerardo Varela publicada ayer en “El Mercurio” se desprende un argumento cada vez más presente entre aquellos que votarán “Rechazo” en el plebiscito de abril: los que han optado por el “Apruebo” estarían, implícita o explícitamente, favoreciendo la violencia; a los “a-narco-comunistas” (todavía no logro comprender qué quiere decir con esta categoría simplona y caricaturesca); a los que “tienen sexo frente a la UC”; y a los que usan de “letrina” el Parque Forestal.

Es decir, los que creemos que una nueva Constitución, pensada y discutida en democracia, puede ser una buena salida institucional a la crisis actual (material no, pues eso sería voluntarista), no seríamos más que unos violentistas ocultos, renegadores del progreso económico, apologistas de las barricadas de los viernes.

Suena increíble, acaso irrisorio, que tantos chilenos que han defendido el “Apruebo” (es cosa de ver las encuestas) se hayan transformado, de la noche a la mañana, en poco más que en un grupo de delincuentes con intereses espurios.

Olvida Varela que la discusión sobre la ilegitimidad (de origen y de ejercicio) de la Constitución de 1980 nos tiene empantanados en una discusión que va más allá de cuánto ha progresado o no nuestra sociedad. Si las reformas de 1989 y 2005 hubieran bastado, entonces las consignas por una Carta construida en democracia simplemente no habrían existido, ni antes (2006, 2011) ni ahora.

Por mi parte, creo que decir “Apruebo” de ninguna manera significa apoyar la violencia (tampoco la tan mentada “hoja en blanco”, aunque esa es otra discusión). Muy por el contrario, significa pensar en las generaciones futuras que no merecen ni pueden seguir estancadas en un debate que sus abuelos y padres debimos haber resuelto pacífica y democráticamente hace años.

Por supuesto, de vencer el “Rechazo”, el resultado debe ser aceptado y refrendado sin ambages. Pero lo cierto es que las campañas del terror suelen ser malas consejeras a la hora de ganar la adhesión de los indecisos. Es cuestión de recordar las campañas del Sí y el No en el plebiscito de 1988, y el flaco favor que los creadores de la primera le hicieron a su opción política.

Publicado en El Mercurio.

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