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Orwell y la libertad de prensa

30 de Enero 2020 Columnas

Tenía quince años la primera vez que leí “Rebelión en la granja” (1945, en inglés). Fue uno de los muchos buenos libros a los que accedí gracias a mis profesores de literatura, Jesús Llorente y Mario Carrasco. Confieso, eso sí, que, aun cuando comprendí la trama del libro, pasé por alto las sutilezas del relato y la valentía de su autor, George Orwell. Hace unas semanas compré una copia de “Animal Farm” en una institución de beneficencia de Oxford, seguro como estaba de que, veintidós años después, podría sacarle más provecho. No es del caso entrar en su argumento ni en sus aspectos obviamente fantasiosos. Sí vale la pena decir algo del “Prefacio” que escribió Orwell y que, sin embargo, no fue incluido en la versión original. De hecho, los lectores se enteraron de su existencia recién en 1972, cuando apareció en “The Times Literary Supplement” (TLS) precedido de una introducción de Bernard Crick. El contenido de dichas páginas refieRe a una cuestión muy cara para Orwell: la libertad de prensa. Comienza el autor relatando lo difícil que había sido encontrar una editorial suficientemente corajuda para publicar su obra. Hombre de izquierda y comprometido con el socialismo democrático, Orwell fue no obstante un acérrimo crítico de Stalin y del totalitarismo en el que había devenido la Revolución Rusa. Es claro, por ejemplo, que los personajes “Major” y “Snowball” son espejos de Lenin y Trotsky, respectivamente, estando ambos, en consecuencia, en las antípodas de Stalin, representado en el libro por el corrupto “Napoleón”. El problema es que hablar mal de Stalin en la Inglaterra de la década de 1940 podía acarrear un conflicto diplomático con el que todavía era un aliado en la lucha contra el nazismo. A algunos, especialmente a intelectuales con buenos puestos académicos, les parecía que cualquier crítica a la URSS era

una traición a la tierra prometida que estaba forjando el verdadero socialismo y el paraíso del proletariado. Fue, en efecto, a la intelligentsia inglesa que Orwell apuntó sus dardos más filosos. No podía aceptar que la “defensa de la democracia” pasara por aplastar “la independencia de pensamiento”, un principio rector de cualquier sociedad democrática. Había ocurrido durante el Terror de la Revolución Francesa, y las “purgas” soviéticas no eran sino la continuación de lo mismo. Lo que Orwell no sabía es que la censura tomaría nuevos ribetes en pleno siglo XXI; ahora en las voces que, de izquierda a derecha, se arrogan la representación de los ciudadanos y arremeten contra todo lo que les parezca “moderado”. Otra forma de tiranía a la que aquellos que creen en la libertad deben oponerse con la mejor de las armas que ha inventado la modernidad: la opinión.

Publicado en La Segunda.

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