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Orfandad DC

30 de Julio 2017 Columnas

Finalmente, la Democracia Cristiana (DC) se enfrenta a las consecuencias de sus decisiones: no solamente sumarse al proyecto político encabezado por Michelle Bachelet sin “leer” siquiera el programa, sino más profundamente, dejarse arrastrar por una lógica polarizante que la llevó a demonizar al Chile de la Concertación, para imponer un programa de reformas tan ambicioso como inconsistente. Ingenua e incapaz de vislumbrar los efectos que tendría su participación en este delirio refundacional llamado Nueva Mayoría, termina ahora en un grado de irrelevancia tal que sus (ex) socios pueden excluirla del pacto parlamentario sin pagar ningún costo.

El ritual público de esta marginación ha sido en verdad humillante; un acto de desprecio que solo se explica por la certeza de la izquierda oficialista de que la contienda presidencial está en la práctica perdida, y que la única tabla de salvación son los siempre escasos cupos parlamentarios. A estas alturas, con o sin Carolina Goic de abanderada, la DC simplemente se quedó sin espacio político en los botes salvavidas, por lo que ha sido forzada a tener que nadar sola en busca de una orilla. En rigor, si en el actual escenario es innecesario cuidar la relación con ella, es porque entre las dirigencias partidarias de Alejandro Guillier existe la resignada convicción de que ni sus votos en segunda vuelta podrían alterar lo que hoy parece como algo inevitable.

Así, como un alma en pena a la hora del naufragio, la DC está siendo sacrificada por una izquierda plenamente conciente que, de confirmarse el arribo de Sebastián Piñera al gobierno, lo natural y lógico será la convergencia con las fuerzas que hoy componen el Frente Amplio, un maridaje de oposición radical donde la Falange no tiene cabida. En efecto, para esos sectores el eventual retorno de la derecha al poder será un importante incentivo a la polarización, contexto donde la DC volvería a ser un lastre de ambigüedad y de “matices” como el que, en opinión de muchos, terminó de desfigurar y debilitar el actual programa de reformas.

Al final, la candidatura de Carolina Goic fue la excusa perfecta para poder desprenderse de una alianza hija del oportunismo y ya históricamente derrotada. Incluso más allá del resultado electoral de diciembre, en la izquierda de la Nueva Mayoría se agita la certeza de que, tarde o temprano, el país deberá afrontar sus actuales dilemas con posiciones claras y categóricas, un escenario donde la DC estará condenada a muerte por indefinición.

Obligarla por tanto a competir sola en la próxima elección parlamentaria es, de algún modo, “ayudarla” en este tránsito amargo hacia su escatológica nulidad, un rol menos que mínimo en el escenario por el que ella misma apostó, cuando decidió aceptar el papel de simple comparsa.
Enfrentada a este aciago destino, la Democracia Cristiana no tiene hoy derecho de culpar a nada ni nadie, salvo a su ambiciosa ingenuidad.

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