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El ‘desanclaje’ entre globalización, sistema internacional y Estados-Nación

6 de Abril 2020 Columnas

Mi objetivo en estas breves líneas es ensayar una contextualización socio-histórica de la irrupción, expansión y posibles consecuencias a medio plazo de la crisis global del coronavirus. Escribo como sociólogo y filósofo, por lo que evitaré referencias a áreas del saber sobre las que no tengo conocimiento, como la virología y la epidemiología. En cualquier caso, la rapidez, severidad, intensidad y globalidad de esta crisis no sólo invita, sino que hace imprescindibles miradas múltiples.

La tesis central es que la dimensión sin precedentes de la crisis gatillada por el coronavirus se debe al desanclaje entre tres dimensiones fundamentales de la vida moderna: (a) una economía genuinamente global y con una capacidad casi irresistible de movilizar recursos; (b) instituciones internacionales altamente competentes, pero sin capacidad real de acción autónoma; y (c) estados-nación políticamente sobrecargados de demandas que no pueden satisfacer porque arrastran crisis fiscales desde hace décadas, así como el desmantelamiento de sus políticas públicas y servicios sociales.

La crisis del ‘Covid-19’ es genuinamente global: partió en China, se expandió primero por Asia, llegó después a Europa y Norteamérica para arribar finalmente a África y América Latina. No es la primera pandemia genuinamente global –en buena medida, el Sida ya lo fue a fines del siglo XX y el SAR a inicios del siglo XXI– pero el coronavirus sí es la que se ha expandido globalmente con mayor rapidez y cuyos efectos en la vida social son y serán de todo orden. En una frase, ésta es la crisis más global en la historia de la humanidad, porque nunca habíamos vivido tiempos más globales que los actuales. Desde la aparición de los discursos globalizadores a mediados de la década de los 90, la interconexión de las economías mundiales ha seguido profundizándose. La globalización de enfermedades contagiosas puede marcar el inicio de esta globalización 2.0.

Además de esta dimensión, la crisis tiene también una dimensión internacional. Por un lado, la historia del siglo XX puede contarse desde el punto de vista de la constitución de un sistema de instituciones internacionales cada vez más extenso y sofisticado. Organismos como la Unesco, WTO, Interpol y muchas otras monitorizan, comparan y orientan el comportamiento de distintos estados; y han hecho una contribución institucional fundamental al mundo que habitamos.

La propia Organización Mundial de la Salud (OMS) ha desempeñado un rol crucial en los últimos 60 años en la conformación de un sistema de estadísticas internacionales comparables en área de la salud. Gracias a esa experiencia internacional comparada, hemos podido erradicar enfermedades, mejorar esperanzas de vida, vacunar a millones de niños y niñas, etcétera. Los estados tienen en estas instituciones internacionales guías globales sobre qué hacer en diversos casos.

Por otro lado, estas instituciones internacionales tienen bajísima capacidad accion autónoma: jurídica, política y económicamente, dependen aún de las decisiones y buena voluntad de los estados. Si en términos conceptuales o científicos son depositarias de un saber muy importante a la hora de tomar medidas, en la práctica dependen completamente de la voluntad y recursos de los estados-nación. Esta contradicción se ve amplificada de manera dramática en tiempos de crisis como el actual.

La tercera dimensión de la crisis es nacional; porque los sistemas de salud que están al borde del colapso en todo el mundo dependen y están fundamentalmente organizados como parte de los estados-nación. La decisión y capacidad real de imponer cuarentenas sanitarias dependen también de las legislaciones y fuerzas policiales de cada país. Las cifras de desempleo que comenzaremos a ver muy pronto son también un problema político nacional, así como la capacidad fiscal de los estados, si serán capaces o no de tomar medidas para paliar, al menos parcialmente, el impacto económico de esta crisis. En el siglo XXI, la gran mayoría de los ciudadanos del mundo son aún únicamente ciudadanos de los países en que residen.

Revisemos ahora cómo se expresa en la práctica este desanclaje entre las dimensiones global, internacional y nacional de la crisis. A pesar de que se vieron expuestos a la pandemia de forma más inmediata e inesperada, han sido los países asiáticos quienes han reaccionado de mejor manera. No es casualidad: Taiwán, Singapur, Corea del Sur y Hong Kong han sido los grandes ganadores del ciclo económico global de las últimos 30 o 40 años. Cuentan con recursos y han respondido bastante bien porque son los estados más fuertes del mundo. Es muy posible que en su éxito haya influido también un aprendizaje de experiencias anteriores como la epidemia del Sars en 2003.

Enfatizar estas dimensiones, me parece, es más preciso que intentar explicarlo a partir de supuestos esencialismos culturales que corresponden a un modo de vida asiático intrínsecamente autoritario y naturalmente pasivo. Acción estatal coordinada, centralizada y con alta capacidad fiscal, burocrática y técnica les permitió reaccionar rápidamente frente a situaciones críticas. Así, estos países son hasta ahora los únicos que han logrado frenar la curva de infecciones y muertes por el virus.

El fracaso rotundo de la estrategia de contención del virus en Estados Unidos tiene varios motivos. Dejando de lado, por ahora, los más contingentes, como lo errático de las reacciones de su presidente, es significativo recordar cómo la política exterior norteamericana está construida sobre la base de un escepticismo crónico frente a acciones internacionales concertadas. Estados Unidos sigue siendo el principal detractor de organismos como los tribunales internacionales de justicia y de acuerdos internacionales como los tratados para frenar el calentamiento global. Al mismo tiempo, su estructural federal amplifica, en situaciones como ésta, la dificultad de acciones sistémicas y coherentes. A ello hay que agregar el tabú histórico que la idea de un seguro universal de salud representa en la política interna de ese país. Así, el desfase entre su poder económico global, su renuencia a participar de instituciones internacionales y los cortocircuitos de su política interna han contribuido a que Estados Unidos importase el virus con extrema rapidez y que haya reaccionnado mal y a destiempo.

Es en Europa donde la crisis ha causado hasta ahora mayores estragos. Ello se explica, me parece, por que Europa demuestra con la mayor crudeza el ‘desanclaje’ entre las dimensiones global, internacional y nacional de esta crisis. Al igual que su reacción titubeante durante la del euro, las intervenciones estatales en Europa se llevan siempre a cabo de acuerdo protocolos preestablecidos, pero en tiempos críticos esa manera de reaccionar resulta lenta, indecisa y, finalmente, algo caótica.

Dicho de otra forma, la Unión Europea lleva ya 25 años sin ser capaz de decidir si se va a transformar definitivamente en actor global con capacidad real de actuar de forma coordinada, o si en realidad no es más que un matrimonio de conveniencia entre estados-nación que se piden permiso para tomar cualquier medida, pero donde, en la práctica, cada uno hace lo que quiere o lo que puede. Además, con excepción de Alemania, esta crisis ha desnudado con dramatismo el desmantelamiento de los sistemas de salud y protección social del continente. En España, Italia, o Reino Unido, por mencionar sólo los casos más evidentes, esos sistemas llevan 20 años sufriendo crisis de financiación que ahora pagarán muy caro.

Finalmente, en América Latina la crisis muestra que la región está total y definitivamente integrada en la economía global. Hasta bien entrado marzo, sus gobiernos parecían aún esperar, como ha sucedido en episodios anteriores, que la pandemia no llegaría realmente a nuestras costas y que, en caso de hacerlo, lo haría de forma muy parcial y debilitada. Hace 30 años, podían efectivamente aspirar a que un virus proveniente de Asia no hubiese llegado tan lejos; hoy no, porque sus economías e intercambios de bienes y servicios son efectivamente globales. En todos estos países hay ya elites suficientemente numerosas que viajan por el mundo con frecuencia y a su vuelta traen toda clase de presentes esperados e inesperados.

Sin embargo, la gran mayoría de los estados latinoamericanos no tiene las capacidades burocráticas, financieras y tecnológicas que se requieren para hacer frente a una crisis de esta envergadura. De hecho, con la excepción parcial de Argentina, no han tenido nunca sistemas de bienestar o seguridad con capacidad real para proteger a la mayoría de sus poblaciones. Hoy tampoco, y la debilidad fiscal de todos los países les hará muy difícil, cuando no imposible, afrontar adecuadamente lo que se viene en términos de desempleo, informalidad, pobreza, etc. La situación dramática de sus sistemas públicos de salud tomará proporciones dantescas si la pandemia no se controla antes de llegar a las poblaciones más pobres.

Por tanto, en términos socio-históricos globales lo que hemos experimentado en estos tres meses, y más aún lo que está por venir, es el inicio de una crisis social, política y económica sin precedentes. Se avecina una recesión económica global como nunca antes, puesto que no hay sector de la economía que no esté afectado ni region del mundo que, como en casos anteriores, esté en condiciones de dar bríos nuevos a la demanda. La crisis ha llegado a Irán, Turquía, India y los países del Golfo Pérsico.

Incluso la analogía de que vivimos una crisis comparable a una guerra mundial tiene limitaciones para comprender la escala y novedad de lo que estamos experimentando: mal que bien, durante la Segunda Guerra Mundial la caída en la demanda privada fue compensada, al menos en parte, por un aumento de la inversión estatal en producción de armamentos. Los costes humanos de esta pandemia son por momentos comparables a los de esos conflictos: 800 o 900 muertes diarias en países como España e Italia, mientras que en Estados Unidos y el Reino Unido lo peor está todavía por venir.

Algunos han planteado ya que la crisis del coronavirus parece indicar el principio del fin de la globalización. Ello, porque en una economía mundial debilitada, quienes tengan mejores capacidades de auto-subsistencia podrán salir más rápido de la disrupción actual y se verán así beneficiados. Me parece un pronóstico equivocado en los hechos y en sus principios. En los hechos, bajarse de la globalización no es una opción viable porque desmontar la economía global, sin causar efectos más traumáticos que los que se busca evitar, sólo podría lograrse mediante un esfuerzo concertado que sería en sí mismo global. Desde el punto de vista de los principios, no me parece responsable apostar por una vuelta al particularismo, o la ilusión de soberanía que viene de la mano de muros y fronteras cerradas.

Por el contrario, de esta crisis se sale con más globalización. Pero deberá ser diferente a la que hemos vivido hasta aquí. Mi intuición es que sea cual sea la forma de resolución de esta crisis, requerirá una nueva forma de coordinar las acciones en estos los tres niveles que hemos mencionado: lo global, lo internacional y lo nacional. La nueva globalización que vamos a necesitar no podrá ya concebirse como un juego de suma cero entre globalismo y nacionalismo: intercambios económicos de magnitud y escala mundial en competencia con una idea de soberanía estatal y nacional que debe defenderse a toda costa.

Para salir de esta crisis, debemos al menos revalorizar las instituciones internacionales. Requerimos de organismos fuertes y con capacidad real de acción autónoma en relación con los estados y los propios ciclos de la economía. Requerimos de regímenes jurídicos internacionales más dinámicos, robustos y visibles; justamente lo contrario de lo que las ideologías predominantes de izquierda y de derecha han promovido durante las últimas décadas. Una crisis es una oportunidad perdida si no nos convoca a repensar, antes que repetir, las formas anteriores de comprender y organizar nuestra vida en común.

Publicado en El País.

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