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Crisis de identidad

26 de Noviembre 2017

El hecho no tiene precedentes: un gobierno y una presidenta de la República que no logran ocultar su alegría ante la debacle electoral de su coalición y el enorme avance de un bloque opositor. En rigor, ese ha sido el estado de ánimo que desde hace una semana irradia La Moneda: una visible satisfacción por el resultado obtenido por el Frente Amplio y su candidatura presidencial, presentándolos incluso como un “triunfo” de Michelle Bachelet.

La Nueva Mayoría sufrió una derrota histórica, consecuencia inevitable de una gestión de gobierno que ha exhibido los niveles más altos de desaprobación desde el retorno a la democracia. Sin ir más lejos, en la contienda presidencial Alejandro Guillier y Carolina Goic -los candidatos que encarnaron la continuidad- no sumaron siquiera el 29% obtenido por Eduardo Frei en la elección de 2009. En el ámbito parlamentario el fracaso no fue menor: en la elección de diputados la Nueva Mayoría había obtenido en 2013 un 47,7%. Hace una semana, en cambio, la coalición de centroizquierda (incluido el pacto DC) alcanzó apenas el 34,7%, transformándose en la mayor destrucción de poder electoral del sector desde 1990. ¿Qué lógica pudo llevar entonces al gobierno y a Michelle Bachelet a congratularse de este “triunfo”? Muy simple: considerar que la votación del Frente Amplio, en la medida en que representa a un sector con vocación transformadora, puede ser considerada mecánicamente como un implícito respaldo a la actual agenda de reformas. La suma de las fuerzas “progresistas” sería en definitiva lo que alegra a La Moneda, una lectura no solo burda y oportunista de los resultados, sino que también desconoce la naturaleza del fenómeno político que encarna el bloque emergente.

Lo que el gobierno celebra como triunfo propio, es la consolidación de una fuerza que busca ocupar el espacio histórico de la centroizquierda, es decir, del bloque con el que Bachelet ha gobernado. Desde su primer respiro, los partidos y movimientos que constituyen el FA no han mostrado ninguna ambigüedad: jamás han visto a la NM como potencial aliado estratégico, sino como un adversario político al que se debe reemplazar. La fuerza emergente ha sido siempre consistente en su crítica a la agenda reformadora de Bachelet y, sobre todo, en su convicción de que el bloque gobernante junto a la centroderecha son parte del mismo “duopolio” que lleva 30 años administrando el modelo impuesto por la dictadura.

Con el resultado electoral del domingo pasado, Alejandro Guillier y la Nueva Mayoría quedaron en el peor de los mundos: forzados a seducir a un conjunto de actores que los desprecia, y que no tiene necesidad de hacer concesiones, ya que gane quien gane en diciembre serán opositores al nuevo gobierno. En caso de triunfar Guillier, la única agenda legislativamente viable será la del FA, cuyos 20 diputados se convertirán en la llave para viabilizar o hacer caer cualquier iniciativa de gobierno. Así, puede afirmarse que el proceso de “reemplazo” de la actual alianza de centroizquierda dio el domingo pasado un paso decisivo, un giro clave hacia este nuevo ciclo que, entre otras cosas, tiene como contrapartida la muerte lenta de la DC.
La confirmación de que este cambio de escenario ya se ha puesto en marcha es lo que tiene a La Moneda verdaderamente dichosa.

Publicado en La Tercera.

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