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¿Amigos, enemigos o co-ciudadanos?

7 de Enero 2020 Columnas

El estallido social de octubre nos ha permitido observar con claridad dos formas fundamentalmente distintas de comprender la vida democrática. La primera queda retratada en las múltiples estaciones del metro en llamas, los abusos policiales, las declaraciones del presidente Piñera donde habla de guerra, y la funa de la que fue objeto el diputado Gabriel Boric. La segunda queda representada mejor en la marcha multitudinaria del 25 de octubre, que convocó pacíficamente a más de un millón de personas, así como en el acuerdo político del 15 de noviembre, donde la mayoría de los partidos con representación en el parlamento firmaron el protocolo de acuerdo para una nueva constitución.

Las acciones del primer tipo tienen todas en común el concebir la convivencia social como una lucha entre adversarios o, peor aun, como una guerra entre enemigos. Están todas construidas a partir de la idea de que el conflicto es la característica esencial de la vida en sociedad y que, por ello, los desacuerdos se resuelven principalmente a través de la victoria o la derrota. En situaciones extremas como las de los últimos meses, estos conflictos tienden a moralizarse, es decir, las diferencias de opinión se construyen como asuntos de principio: los “amigos” que no nos apoyan se transforman en “traidores”, los “enemigos”, que siempre buscan destruirnos, quedan deshumanizados como “parásitos”, “burgueses” o “alienígenas”.

En el segundo caso, los miembros de una comunidad se coordinan y reconocen en condiciones de igualdad: son co-ciudadanos en vez de amigos o enemigos. Entienden que su dependencia mutua no es una condena o un sacrificio sino que, por el contrario, relacionarse con otros que piensan distinto es no solo una oportunidad sino condición de posibilidad del aprendizaje y la creatividad social. Lo que los separa no se moraliza, sino que se acepta como discrepancias legítimas y los acuerdos se construyen mediante el surgimiento de ideas o posiciones genuinamente nuevas. Los compromisos son recibidos como éxito en vez de como traición o rendición. Sobre todo, si la democracia es construcción de acuerdos en vez de lucha entre adversarios, una nueva constitución es el mecanismo a través del cual resolvemos disputas dentro de un marco común en vez de una camisa de fuerza que nos permita obtener la mayor ventaja posible.

Por supuesto, estos modelos son tipos ideales y en la vida política sus intuiciones se expresan de manera combinada, intermitente e inconsistente. Pero es fundamental comprender que ambos modelos están construidos desde fundamentos diametralmente opuestos y que por ello determinan de forma intensa qué soluciones son más probables en distintos momentos. Mientras más aguda la crisis, mayor la tentación a pensarnos desde la lógica amigo-enemigo. Al mismo tiempo, mayor el éxito de largo plazo si perseveramos en tratarnos como co-ciudadanos.

Publicado en La Tercera.

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