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18 de octubre de 2019

24 de Octubre 2019 Columnas

Desde niño he considerado que la política es una actividad que merece no solo ser practicada, sino que también, y especialmente, estudiada y comprendida. Ella es compleja, múltiple, llena de contradicciones, idas y venidas. No muy distinta a la vida, aunque con ciclos largos que suelen hacerla más predecible. El caso chileno es un buen ejemplo: hace treinta años vivimos en un duopolio que, para muchos (me incluyo), permitió que el país reconstruyera su larga tradición democrática mediante una separación efectiva de los poderes del Estado y un apego irrestricto al régimen representativo. Todo ello hasta el viernes pasado. En efecto, lo que hemos vivido desde el 18 de octubre de 2019 rebasa cualquier interpretación histórico-sociológica sobre los movimientos de esta naturaleza. Se trata de una nueva forma de hacer política, construida y difundida a partir de las redes sociales y transversalmente anti-sistémica. Además, no parece tener ni

la organicidad de movimientos antiguos como el obrero, ni una cara visible que permita asignar liderazgos y responsabilidades. Algunos dirán que estamos frente a una coyuntura de carácter populista, pero la verdad es que el concepto se queda corto. Al no tener una causa específica ni un líder claro, este movimiento social no cabe, creo, en aquella (o cualquier otra) etiqueta politológica clásica. Lo que parece más seguro es que las demandas no dicen relación con las preocupaciones actuales de gran parte de la izquierda, las que, lejos de concentrarse en las condiciones materiales de sus bases, se han enfocado en cuestiones menos apremiantes como el lenguaje inclusivo. Por lo visto, estamos ante una manifestación de grupos pluriclasistas que viven endeudados y que lo suyo es más rudimentario (y, por lo tanto, más importante) que las causas denominadas progresistas. Es como si a la izquierda se le hubiera perdido su propia historia.

Respecto a la derecha, ahora más que nunca debe entender que la economía y la política no corren por carriles paralelos. ¿De verdad creyó el Gobierno que atrasar el congelamiento del precio del metro no iba a tener repercusiones políticas? ¿ Bastará con anunciar medidas para subir las pensiones, mejorar la salud pública y poner coto a los abusos —como los de las isapres— si la letra chica termina casi siempre imponiéndose? ¿ Son el discurso y la retórica suficientes cuando millones de compatriotas viven bajo la eterna promesa (incumplida) de que el crecimiento económico garantiza una sociedad tranquila y en paz? No, no es suficiente. Ya es tiempo de hacer un cambio en el paradigma de cómo las élites se relacionan con los ciudadanos comunes y corrientes, y poner en práctica una serie de reformas que vuelvan a poner a las necesidades materiales básicas en el lugar que se merecen.

Publicado en La Segunda.

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