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Vacaciones post estallido

24 de Febrero 2020 Columnas

Todo ha cambiado, las vacaciones también. Castro: paseo en lancha por el fiordo. En apariencia todo es normal, un simple paseo en lancha. Un improvisado guía turístico al que por momentos cuesta entenderle va dando información de la zona, nos conmina a disfrutar de la mirada general sobre Castro. Sobresalen la iglesia amarilla con lila y el Mall redondeado y café. El guía hace notar la diferencia en altura entre la iglesia y el Mall. Y luego añade: “¡Vamo a quemarlo!”, medio en serio, medio en broma. Todos reímos, medio en serio medio en broma también, nerviosamente. La posibilidad latente de la quema, de la destrucción, de la negación de todo.

Creo que el Mall de Castro, leído ahora en un contexto post estallido, es bastante emblemático de la crisis que estamos viviendo. Veamos algunos elementos: atenta contra un delicado sentido de identidad patrimonial, en su construcción se pasó a llevar el plano regulador y luego se cambió para ajustarlo según conveniencia. No ha traído necesariamente un mayor bienestar o crecimiento a la zona: las ganancias regresan a la capital y no fomentan la producción local. ¿Pudo decidir el vecino sobre la construcción o no del Mall? ¿Se le consultó su opinión sobre el lugar de su emplazamiento? ¿Es lo que más necesitaba Castro?

Estos elementos forman parte del malestar del estallido: la sensación de que las grandes Holding pueden pasar a llevar las leyes, que prima el objetivo de la ganancia económica neta por sobre una mirada más amplia y multifactorial que tenga a la persona como centro y la exclusión de la toma de decisiones sobre dinámicas que afectan directamente la vida del ciudadano. Todo esto, más allá de los cambios concretos que vendrán del nuevo pacto social, ya sea en mejoras de pensiones o salud, implica un cambio cultural muy fuerte. Un cambio de mentalidad en relación a cómo vamos a construir sociedad, en la compleja dinámica entre una ganancia momentánea y una de largo plazo, y también en la autonomía de las regiones.

Regreso a mi región. Limache hace tiempo que viene oponiéndose a la construcción de una termoeléctrica. Podemos hacer las mismas preguntas: ¿Ha sido consultado el ciudadano sobre su opinión? ¿Qué relación existe entre pérdida y ganancia con su construcción? ¿Traerá beneficios para la zona o todo se lo llevarán otros? Recalco entonces, no bastan las mejoras meramente ligadas al aumento en lo monetario. Son urgentes y necesarias. Sin embargo, se trata de calidad de vida como un concepto global, y eso pasa urgentemente porque el ciudadano tenga injerencia en aquello que le compete en su día a día, su entorno directo y el espacio donde vive. De lo contrario se seguirá acumulando una rabia soterrada y peligrosa, la impotencia que desata días de furia, que convierte al dulce y amable Gizmo en un horripilante e incontrolable Gremlin.

Publicada en El Mercurio Valparaíso

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