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Liberalismo

10 de mayo 2018 Columnas

No cabe sino celebrar la discusión que se ha generado últimamente sobre los contornos y fines programáticos del liberalismo político. Si hasta hace unos años el liberalismo era reducido (con algunas pocas pero relevantes excepciones) al economicismo neoliberal, hoy contamos con una amplia y sofisticada gama de intelectuales públicos que abrazan esta corriente como un ideario digno de ser estudiado y practicado. En las publicaciones que he leído me han asaltado, sin embargo, algunas dudas metodológicas, así como me han sobrado otras tantas cuestiones normativas. Me explico a partir de tres puntos.

En primer lugar, he extrañado una reflexión más pausada sobre el devenir, siempre complejo y nunca lineal, de las muchas tradiciones liberales que, al menos desde fines del siglo XVII, se han dado cita en lo que laxamente podemos llamar “mundo occidental”. No basta con decir que John Locke es el padre del liberalismo o que Benjamin Constant estaba a la derecha de Jeremy Bentham. Sus escritos deben ser contextualizados a partir del momento en que fueron pensados y sacados a la luz, dotándolos de historicidad y siendo conscientes de que no existe algo así como un liberalismo ortodoxo y otro heterodoxo.

Esto me lleva al segundo punto: las tradiciones liberales suelen convivir con muchas otras posiciones políticas. Ese es el caso, por ejemplo, del conservadurismo (entendido no como una forma reaccionaria de vivir la vida, sino como una “disposición” que favorece el gradualismo). En palabras de Michael Oakeshott, y muy en sintonía con el pensamiento de Edmund Burke, “ser conservador no es meramente sentir aversión al cambio (que puede ser una idiosincrasia); es asimismo una manera de acomodarnos a los cambios”. Sin duda, un liberal como Isaiah Berlin habría estado de acuerdo con esta afirmación.

Finalmente, he encontrado en algunas columnas de opinión un cierto constructivismo solapado, lo que es, como se sabe, muy poco liberal. La “libertad negativa” de Berlin —esto es, la ausencia de interferencia en la esfera de acción de los individuos— se encuentra en las antípodas del normativismo constructivista, el cual puede provenir tanto de una autoridad abusiva como de intelectuales orgánicos que, en nombre del bienestar común, deciden por nosotros cuánto hay de liberal en nuestra manera de pensar y vivir. Como si se tratara de un problema matemático de fácil y exacta solución.

El ejercicio de la tolerancia y la diferenciación es, pues, consustancial a cualquier pensamiento de corte liberal. Aquí no hay ecuaciones ni cuestionarios que puedan predecir y medir cuánto tenemos de liberal (como hace unos días intentó hacerlo un importante matutino del país). Ser más o menos liberal dependerá de lo que entendamos por él. Pero primero hay que estudiarlo en toda su complejidad filosófica e histórica.

Publicado en La Segunda.

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