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Algunas conclusiones sobre la crisis política en el Perú

19 de Noviembre 2020 Columnas

La reciente crisis presidencial peruana marca un nuevo paso en el desgaste del sistema institucional peruano establecido después de la renuncia de Alberto Fujimori al Poder en el año 2000. Ese proceso ha visto al Gobierno y Congreso capturado en forma sucesiva por distintos liderazgos que, además de corrosivos por merito propio en varias de las situaciones, han sido en forma regular receptores de acusaciones de corrupción. La posición de Presidente en el Perú ha evolucionado desde un cargo de liderazgo a un blanco permanente de acusaciones de todo tipo que buscan su Poder.

Pero, el proceso no acaba ahí, el sistema institucional peruano ha recibido una erosión sostenida de parte de un Congreso que progresivamente ha sido colonizado por grupos circunstanciales, partidos de muy corta vida o derechamente especuladores del poder, que han ido demoliendo a una plataforma de partidos que nunca ha sido especialmente solida y consolidada.

En el eje de lo referido, esta crisis no es mas que otro paso en un sistema institucional que difícilmente puede considerarse estable, y no existe nada que permita ser optimista en relación con su estabilidad futura. La inesperada habilidad política de Martin Vizcarra, que lo llevo a disolver el Congreso y sortear con éxito varias acusaciones de diferente tipo llegó a su final hace pocos días, cuando una acción coordinada por la mayoría de sus miembros concluyó con una defenestración que colocó en la Presidencia a Manuel Merino, anterior presidente del Congreso. Lo burdo de la acción y lo evidente del carácter de defenestración llevó a un nuevo reemplazo, colocando a una figura moderada del Partido Morado, una de las pocas plataformas partidarias que no votó a favor de la remoción de Vizcarra. Nuevamente, Francisco Sagasti es considerado una figura centrista moderada, que gobernará interinamente hasta el próximo Julio del 2021.

La situación, desarrollada en medio de la Pandemia de COVID 19, que ha golpeado duramente al Perú y lo tiene seriamente afectado en todos los planos, demuestra que la elite política peruana se encuentra en una dinámica caníbal donde es difícil detectar tanto actores o figuras mayores con visión de país y que está duramente golpeada por una corrupción que parece general y transversal. Una situación así permite extraer varias conclusiones provisorias que son de valor para nuestro propio escenario.

La primera es la necesidad critica de que todo el sistema político valore la estabilidad institucional de forma sincera, y no busque erosionarla para beneficios propios de corto plazo. El precio de una sucesión erosiva solo termina por demoler el edificio y aplastar a todo el sistema de poder. Un Congreso unicameral coopera difícilmente a aquello, pues la ausencia de una Cámara revisora reduce las opciones de contener explosiones populistas.

Una segunda, es lo clave que implica gobernar en sentido nacional y no de satisfacción a las Redes Sociales y la nube de encuestas que caracterizan a la vida democrática moderna. Un político con cargos de representación popular no debe de ser solamente un mero buzón acrítico de la voluntad popular, sino alguien que sea capaz de representar y evaluar en su propio merito determinaciones impulsivas o sin sentido, que resultan de la lectura de los 140 caracteres de un twit o reacciones emocionales ante una crisis.

Sin embargo, un elemento nuevo merece referencia. Las inesperadas y multitudinarias manifestaciones que surgieron a consecuencia de la deposición del Presidente Vizcarra nos muestra una vez mas como el “Fenómeno de la Plaza” se convierte en algo común de la política global. Desde la Plaza Tahrir en Egipto a la del Maidan en Ucrania, la Plaza del Sol en España, el propio Wallstreet en Nueva York o nuestra local Plaza Baquedano han sido sede de manifestaciones que han eludido en forma sostenida una interpretación univoca. Contra los intentos desesperados de alguna izquierda, se les han escapado completamente de su control, y parece relacionarse mas con el malestar de sectores medios que se sienten recibidos solo en forma parcial en los usos de una sociedad de consumo. Dificultades de acceso y permanencia, la pérdida de efectividad de los métodos de ascenso social al prestigio y prosperidad, la ineficiencia del Estado y deficiencias consideradas como intolerables en el Mercado, han marcado una sucesión de estallidos que están muy lejos de agotarse en interpretaciones locales o conspiraciones nacionales.

La Globalización, concepto tan manido desde los 90s, no solo nos trae la prosperidad que nos proponían Fukuyama y Nye, sino desafíos que hoy son abordados por autores como Lind o Guilluy en términos de la reorganización de las sociedades sobre estructuras y bases políticas al menos considerablemente diferentes a las clásicas que se extendían desde las revoluciones burguesas europeas de mediados del siglo XIX. Parece que el lugar común de que “la calle” está molesta es en realidad un fenómeno mucho más complejo y sofisticado, al que recién estamos comenzando a rascar en su superficie. Y eso bien vale la pena comenzarlo a ver mas allá de la coyuntura de los casos específicos.

Publicada en EMOL.

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