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La trama que sostiene la vida

10 de Agosto 2020 Columnas

A lo largo de la vida vamos construyendo esquemas, patrones y modos de percepción. Estas formas repetidas y habituales de sentirnos y actuar nos conducen a narrarnos por lo general una historia hegemónica y esto conlleva un tremendo riesgo: deja afuera un inmenso campo de experiencia vital y de auténtico sentir, que va más allá de las narrativas, es decir, que va más allá de las jaulas que creamos y en las que nos atrapamos.

Vamos por la vida atendiendo aquello que confirma nuestra mirada, que nos mantiene en nuestras conocidas jaulas, las historias repetidas que nos contamos.  Es así como nuestros sesgos van limitando el paisaje y aprendemos sin querer a evitar territorios desconocidos para revisitar incansablemente senderos que conocemos de memoria y que muchas veces nos generan sufrimiento, desconexión y sensación de vacío, sesgando la mirada hacia aquello que falta, hacia lo que no es suficiente, hacia aquello que debería ser diferente a lo que es, incluyendo en ese ser diferente a nosotros mismos.

Así como la mente naturalmente puede inclinarse y autoperpetuarse en este modo de ver, también podemos reconocer que no estamos determinados a ello. Es liberador reconocer que podemos inclinar voluntariamente nuestra mente hacia apreciar lo que si funciona, los sostenes invisibles que silenciosamente tejen el entramado de nuestra vida y la de todos los seres. Reconociendo todo lo que sí está ahí por fuera del territio de nuestras jaulas y narrativas, apreciar aquello que no falta, dirigiendo la mirada hacia lo que sostiene la frágil y eterna trama de la vida.

Dirigir nuestra mente a mirar el trasfondo y apreciar lo que se está manifestándo es sin dudas una cualidad virtuosa de nuestra mente y un acto de coraje del corazón.

No dar por sentada nuestra vida, es un acto poderoso y transformador. Poder reconocer la vulnerabilidad, la fragilidad y la impermanencia del momento presente conlleva un potencial profundo: nos permite despertarnos a la vida y a la belleza de todo lo bueno que también sucede en ella, pero que puede quedar invisibilizado a nuestros ojos y a nuestro sentir.

El riesgo de invisibilizar la belleza está siempre presente. Se incrementa con una mente reactiva y acelerada, que no puede apreciar los procesos vivos que están ocurriendo, ni cómo está funcionando y entrando en contacto con el mundo. Cuando no tenemos introspección de los propios procesos e ignoramos nuestra verdadera naturaleza, confundimos el campo de los fenómenos cambiantes y transitorios que emergen como la realidad última y sólida en sí misma.  Ignoramos allí nuestra verdadera naturaleza y la belleza que radica en ella y en el mundo.

Hacer de lo ordinario algo extraordinario es una práctica para toda la vida, es una manera nueva y revolucionaria de percibirnos y de percibir el mundo, reconociendo los sostenes cotidianos, darnos cuenta de todas las condiciones, fenómenos y seres que muchas veces y sin darnos cuenta nos sostienen.

No hay que ir muy lejos para notar lo que anónimamente está sosteniendo la vida, y nuestra vida en particular, sólo por nombrar algunos ejemplos, mientras lees ahora está funcionando tu corazón, tu sistema respiratorio y digestivo, tu cerebro y un complejísimo sistema nervioso, que permite que estés consciente justo ahora, y solo mencionamos estos pocos ejemplos, podríamos considerar también que respiramos el aire de nuestro entorno que está ahí disponible, y sin el cual no viviríamos, está también la luz del sol y el alimento, y podríamos seguir enumerando fenómenos que están sosteniendo nuestra vida justo ahora y de múltiples y silenciosas formas durante miles de millones de momentos.

La buena noticia es que podemos inclinar nuestra mente en la dirección apreciativa, y contemplar esta trama que está sosteniendo la vida. Esta inclinación apreciativa es una cualidad virtuosa de la mente y del corazón que podemos poner en práctica. Poder comprenderlo como una práctica cotidiana nos permite contrarrestar el sesgo negativo del cerebro, que nos hace que reconozcamos lo que no anda bien y que tiene por finalidad ayudarnos a sobrevivir como especie.

En situaciones de amenaza nuestro cerebro puede reaccionar con emociones como el miedo y la rabia. Las respuestas de lucha, huida o desconexión exacerban este sesgo negativo del cerebro y nos hacen entrar en patrones que tienden a confirmarlo y perpetuarlo. Sin embargo, reconocer que ésta no es una realidad, sino que es una manera de percibir, nos permite contrarestar este sesgo para buscar una visión más clara y ecuánime de nuestra experiencia,  reconociendo también el trasfondo que habitualmente no notamos, pero que sin embargo está ahí sosteniendo la vida. Esta perspectiva nos abre a la posibilidad de ampliar nuestro rango de percepción habitual y así poder conectar con la apreciación, como un modo calmo y abierto de entrar en contacto con la experiencia. Recibir la vida de un modo apreciativo se vuelve entonces el corazón de la práctica.

De manera paulatina la práctica de apreciar se convierte en el camino que nos conduce a la luz de la gratitud que emerge de manera orgánica, como un fruto del aprecio a la vida. Una mente y un corazón que pausa, que deja entrar, que percibe con mayor claridad y conciencia de los sesgos, que ofrece una menor reactividad y una mayor receptividad va dando lugar a la manifestación de la gratitud natural que habita en nuestra consciencia despierta. La gratitud es una cualidad que se asocia a estados mentales y emocionales más hábiles y virtuosas en el camino del desarrollo espiritual y que nos permiten vivir una vida más plena, con mayor perspectiva, comprensión y sentido.

Poder sentir gratitud y cultivarla deliberadamente implica en sí mismo que antes debimos darnos cuenta y reconocer aquello que nos fue dado y que está ahí. Este sencillo pero potente acto de despertar, de ser conscientes, implica que no damos por sentado nada de lo que es. Todo lo que sucede podría no existir, comenzando por esta precisa respiración que ahora mantiene tu vida mientras lees estas palabras.

Todo cambia y todo es incierto, salvo una cosa: la certeza que llegará el día en que no habrá una nueva inhalación, tan solo quedará la última exhalación. Es entonces que nos damos cuenta que mientras estemos respirando hay oportunidades abiertas y este momento en un sentido profundo es buen momento, ya que es el único momento en verdad disponible, para abrir con coraje los ojos del corazón, para cultivar con amable determinación un estado interno de receptividad amorosa, y apreciar el misterio y el regalo de estar vivos.

Una mente apreciativa abre el camino al agradecimiento genuino como una respuesta calma en el encuentro con la vida. Vivir agradecidos como un modo de estar y de ser en el mundo es un camino posible de ser recorrido, y podemos empezar ahora a transitarlo.

Finalmente, compartimos el poema Los justos de Jorge Luis Borges, quien resalta precisamente el valor de aquello que está ahí y que sostiene la vida.

Publicado en Mindfulness.cl

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