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Independencia a Chile

14 de febrero 2018 Columnas

Sin entrar en la disputa un tanto bizantina de si el Acta de Independencia de Chile se firmó en Concepción o en Talca, vale la pena detenerse en la conmemoración de los doscientos años de este evento tan improbable como importante.

Improbable, porque para principios de 1818 la causa independentista continuaba siendo incierta, ya sea porque la guerra contra las fuerzas realistas se encontraba en su punto más álgido o porque el gobierno de Bernardo O’Higgins estaba todavía lejos de alcanzar niveles perdurables de legitimidad. Importante, pues, a pesar de este contexto de incertidumbre, el Acta marcó un antes y un después en el proceso comenzado en 1808: de ahí en más, cualquiera fuera el resultado en el campo de batalla, el proyecto independentista coparía la agenda política de los combatientes en disputa.

Ahora bien, ¿independiente de qué y de quién? La declaración fue pensada, en primer lugar, para justificar el quiebre total y definitivo con España, enfatizando la “necesidad de venerar como dogma la usurpación de sus derechos y de buscar en ella misma el origen de sus más grandes deberes”. Pero, al mismo tiempo, la proclama estableció que “el territorio continental de Chile y sus Islas adyacentes forman de hecho y por derecho un Estado libre Independiente y Soberano”, cuestión que debe entenderse no sólo en relación a España sino también a cualquier otro territorio circundante, el Río de la Plata incluido. Este es un punto relevante para comprender el devenir de la revolución chilena, la que históricamente había dependido de los recursos y hombres rioplatenses para llevar adelante el esfuerzo bélico.

Tenemos, entonces, que la Declaración de Independencia fue pensada para que el Estado de Chile ejerciera una doble soberanía: política y territorial. Es interesante, sin embargo, que en el documento no se encuentre mención alguna al sistema que debía regir al nuevo país. La república era una posibilidad, pero no necesariamente la más deseada ni aplaudida por los grupos de poder que habían liderado el movimiento autonomista desde 1810. En efecto, los casi tres siglos de monarquía habían marcado profundamente la convivencia política y no parecía posible abandonarla de la noche a la mañana. Ello quiere decir que la defenestración del rey español no implicaba el fin de la monarquía como régimen de gobierno. Los conceptos “independencia” y “república” no son, pues, automáticamente asimilables, como tampoco son los de “revolución” e “independencia”. Convendrá tener en mente estas diferenciaciones para no caer en un análisis anacrónico y teleológico del proceso que derivaría en la “independencia de Chile”. Sólo así, me parece, se podrá enfrentar de forma adecuada un fenómeno que, bien entendido, puede alimentar el pensamiento crítico en una sociedad a veces demasiado condescendiente con su pasado.

Publicado en La Segunda.

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