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El Mineduc y el recuerdo de Sócrates

30 de Agosto 2016 Noticias

La filosofía parece tener por destino tener que justificarse a sí misma cada cierto tiempo; cuando no es la franquía o el valor de su ejercicio, es su propia existencia en los espacios de la institucionalidad educativa la que se ve amenazada. La escena, en este último aspecto, se repite a través del plan del Mineduc de dejarla como ramo no obligatorio o subsumirla en las clases de ciudadanía.

Si bien se trata de un trascendido, luego de una semana de múltiples reacciones, el Gobierno mantiene el silencio y parece sumar un episodio más de abierto contraste entre la importancia de los cambios que anuncia y la oportuna entrega de argumentos y precisiones de los mismos. En este caso, que está lejos de ser el único, la generación de procesos participativos de discusión esperables en una democracia exigente en la legitimidad que acompaña sus decisiones, ha sido desatendida.

No cabe duda que introducir la formación para la ciudadanía es algo necesario, urgente incluso, ya que la voluntad humana que hace posible la democracia como sistema político y forma de convivencia, se educa, se desarrolla y cultiva, nadie nace con ella. Una sociedad política exige seres educados para hacerla posible. Una sociedad democrática sólo puede funcionar si en la mayoría de sus miembros hace arraigo y sentido la idea de que el país es una obra común de trascendencia, la idea de que la construcción y mantención de un ethos democrático es algo que reviste valor y justifica acciones de compromiso activo.

Pero en este contexto, la filosofía no es prescindible, sino más pertinente y necesaria. El ciudadano implica un individuo que, en primerísimo lugar, se reconoce, existe y valora como tal. Todo el sistema educativo tiene una tarea que le otorga su eje y horizonte, que define su sentido y valor: promover el florecimiento de auténticas individualidades. Es en esta tarea donde la filosofía puede aportar con aquello que más la define, el ejercicio del pensamiento crítico y reflexivo.

El acervo de autores, libros y teorías que conforman la filosofía como disciplina justifica su transmisión sólo si sirve, en última instancia, a un básico propósito, el mismo que Sócrates encarnó por primera vez en la historia de Occidente de manera paradigmática por las calles de Atenas, incitar a los sujetos a pensar por sí mismos, a vivir conscientes, presentes y no ausentes en el proceso de hacer y desplegar su vida. La vida reflexiva es la resistencia a subordinar el vivir al mero sobrevivir, es el ejercicio que funda la autonomía y permite la responsabilidad del individuo frente a sí mismo y los demás, es el camino ineludible para la vocación individual de desarrollar la mejor versión de sí mismo.

Sin el ejercicio reflexivo auto-vinculante, a través del cual examinamos el sentido de lo que hemos hecho o vivido, a través del cual escrutamos las ideas dominantes en su legitimidad, lo que queda es un sujeto expuesto al desarraigo de sí mismo, permeable a creencias dudosas en su verdad y valía, manipulable por agentes externos y fuerzas deshumanizadoras que lo conducen a una existencia simplemente funcionaria o funcional, alejada de la hondura y consistencia esperable de la individualidad auténtica.

Sin promoción decidida de la vida reflexiva sólo queda el avance de la banalidad, la amenaza de ver empobrecida la vida ética y limitada la sustancia democrática de una sociedad. Como sostuvo una gran pensadora del siglo XX, la democracia no es sólo el sistema que permite a los individuos ser personas, es el sistema que les exige serlo.

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