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Clarín de guerra

10 de Enero 2016 Noticias

Escuela de Periodismo

La Tercera

Finalmente, tanto las agudas distancias que conviven al interior de la Nueva Mayoría, el inminente reinicio del ciclo electoral y los altos niveles de desaprobación que arrastra el gobierno, terminaron por anticipar la disputa presidencial al interior del oficialismo. En rigor, desde el comienzo de esta administración los sectores que hasta hoy se identifican con el ethos y las lógicas de poder de la antigua Concertación, fueron instalando un halo crítico al contenido y a la forma de gestionar las reformas por parte de la Nueva Mayoría. Ahora, el rebautizado ‘partido del orden’ ha visto el escenario y la oportunidad óptima para anticipar la contienda, con el objetivo de desplazar y ojalá dar el golpe definitivo a los partidarios de la retroexcavadora, los fumaderos de opio y los delirios refundacionales.

Aunque parezca insólito, la señal decisiva para el inicio de esta embestida la dio el actual ministro del Interior, Jorge Burgos, quien aprovechando el error de diseño de Michelle Bachelet en su periplo por la Araucanía, salió a develar en público las debilidades políticas y las tensiones emocionales que en la actualidad afectan a la mandataria. Que un jefe de gabinete se sienta con la libertad para renunciar y advertir a través de los medios a la presidenta sobre aquello que ‘no puede volver a repetirse’ no sólo es una escena inédita en la política chilena; fue también la señal definitiva de que el corazón del actual gobierno estaba lo suficientemente mermado como para que el ‘partido del orden’ diera inicio a la lucha por el cambio en la correlación de fuerzas al interior del oficialismo.

Así, la señal y el momento de la embestida de Burgos fue la resonante campanada para que la vieja Concertación comenzara a anticipar sus movimientos en el tablero. Al unísono, el sector ‘disidente’ de la DC salió con una declaración pública elevando el nivel de las críticas a las reformas del gobierno y dirigentes del partido anunciaron una eventual candidatura del propio Jorge Burgos; por su parte, el presidente de la Cámara de Diputados, Marco Antonio Núñez, golpeó duramente a la directiva de su partido -el PPD-, anticipando la virulencia que tendrá la próxima disputa por su conducción; y Camilo Escalona reforzó su ofensiva comunicacional a favor de la gobernabilidad encarnada en el eje histórico DC-PS, y de los acuerdos amplios para dar sustentación a las transformaciones impulsadas por el Ejecutivo.

Resultó obvio que toda esta ofensiva en curso se basaba en un diseño electoral con el fin de abordar los dos últimos años del actual gobierno. En los hechos, el ‘ungido’ por la vieja Concertación para abordar el próximo desafío electoral no es otro que el ex presidente Ricardo Lagos, quien con sutileza táctica ha mantenido en la ambigüedad su decisión de competir, pero también ha tenido la claridad estratégica para instalar sin eufemismos un duro diagnóstico sobre el actual momento político: ‘el país perdió el rumbo’, ‘la gente en la calle me pide orden’, etc.

Con todo, queda medio período de gobierno para la próxima elección presidencial y lo que no está claro es cuál será la respuesta que estos movimientos tendrán al interior del bacheletismo y en los sectores más radicales de la Nueva Mayoría. Porque aún golpeados y debilitados como se encuentran hoy en día, es improbable que los partidarios del mítico programa que dio el sustento original al oficialismo, vayan sin más a dar la batalla por perdida a dos años plazo.

 

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