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“Consecuencias no deseadas”

24 de octubre 2018 Columnas

Hace unos días, El Mercurio publicó una carta del general de Brigada(r) Fernando Hormazábal en la que, refiriéndose al último affaire Krassnoff, criticó al gobierno por haber pedido la renuncia al director de la Escuela Militar. En su pensar, este tipo de intervenciones gubernamentales no eran bien recibidas entre las Fuerzas Armadas, llegando al punto de sugerir que, en caso de que se volvieran a repetir, ellas podían conllevar “consecuencias no deseadas”.
A pesar de la gravedad de las palabras de Hormazábal, su premonición —por decirlo de alguna manera— ha pasado desapercibida, lo que es preocupante. No recuerdo la última vez que un militar en retiro haya utilizado el tono de Hormazábal; de hecho, me hizo recordar los tiempos en que la separación entre lo civil y lo militar no era del todo clara. Sabemos que la intervención de los militares en política es de viejo cuño y que los orígenes del Estado nacional chileno deben mucho a la idea republicana de que todo ciudadano debe estar dispuesto a defender a su patria en tiempos de guerra (José Miguel Carrera dixit ).
Pero también es claro que, desde entonces, y sobre todo desde la década de 1990, la oficialidad ha respetado el predominio de los civiles en la toma de decisiones y que, en consecuencia, la labor de las Fuerzas Armadas es hoy —y debería continuar siendo así— estrictamente profesional. El pasado reciente de Chile es todavía demasiado divisorio para olvidar que el militar es por esencia un servidor de la sociedad en la que se encuentra inmerso. En ese sentido, me pregunto a qué se habrá referido exactamente Hormazábal con dicha frase: ¿consecuencias políticas? ¿Consecuencias que dicen relación con el “espíritu de cuerpo” del que tanto se enorgullecen los militares? ¿Fue una amenaza? De ninguna manera estoy sugiriendo que las palabras de Hormazábal representen al Ejército en su totalidad, como tampoco que tenga mayor apoyo ni siquiera entre sus congéneres. No estamos, digamos, frente a un Bolsonaro chileno llamando a sus compañeros militares a las calles. Sin embargo, hay algo en el tono de su carta que no puede dejar de molestarme. Como dijera el historiador Gonzalo Bulnes (él mismo hijo de un militar) en 1932, los presidentes deben siempre “oponer la firme resistencia de los civiles ante la inminencia militar”. Y eso fue lo que correctamente hizo el gobierno.
En su capítulo sobre los militares y la política aparecido en el tomo 1 de la “Historia Política de Chile, 1810-2010”, Augusto Varas concluye con razón que no pueden haber “Fuerzas Armadas profesionales sin democracia, ni democracia sin Fuerzas Armadas profesionales”. Vale la pena tenerlo en mente para cuando ocurra un nuevo incidente de esta naturaleza. Todos ganarían.

Publicada en La Segunda.

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