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Aprender a morir para aprender a vivir

2 de Junio 2022 Columnas

La espiritualidad y la experiencia del trance mediante la modificación de consciencia, en ceremonias y rituales son prácticas que han sido utilizadas a lo largo de la historia (e.g. Bourguignon, 1973; Van Gennep, 1960; Turner, 2008). Un elemento común a estas prácticas es la confrontación con la muerte. La inducción del trance es una práctica antiquísima que, probablemente, nos conduce a los primeros tiempos de la humanidad y que también se ha incorporado en algunas estrategias de terapia. Grof (2002), uno de los fundadores de la psicología transpersonal e investigador del potencial curativo de los estados no ordinarios de conciencia, señala que las culturas preindustriales poseían una vida ritual y espiritual muy rica que incluía la experiencia directa de realidades habitualmente ocultas, para lo cual desarrollaron métodos para inducir las experiencias de trance.

En lo que llamamos “chamanismo”, el trance y la muerte son temas comunes. El chamán suele iniciar su carrera a través de poderosas experiencias, incluyendo: el trance espontáneo, la enfermedad y el dolor, conduciendo al iniciado al submundo, la experiencia de morir y renacer a una nueva etapa para sí y su rol en la comunidad. Bourguignon (1973), antropóloga e investigadora en temas de trance y estados alterados de consciencia, realizó un estudio comparativo abarcando casi 500 sociedades antiguas e indígenas y encontró que al menos el 90% de ellas tenían una forma establecida para inducir este tipo de experiencias.

«El ritual entonces es una práctica muy antigua en la historia de la humanidad y ha sido utilizada como un mecanismo para renovarse, experimentar el morir y volver a empezar. Todas estas son poderosas vías de transformación que tienen en su centro el respeto a la experiencia y la vivencia personal y colectiva».

Junto al trance, el rito ha sido parte integral de las prácticas curativas de la humanidad. Así, Arnold Van Gennep (1960), antropólogo e investigador de la ritualidad en diferentes culturas, dirá que varias culturas realizaban estas prácticas para marcar transiciones de vida individual y grupal. También identificó la estructura general de los ritos: separación, transición y retorno. Algunos métodos de inducción del trance son la ingesta de plantas o sustancias psicodélicas; procedimientos como circuncisión, perforación de partes del cuerpo, asociados al dolor físico; música, cantos y danzas; ayuno; entrada a un espacio sagrado; tránsito a través de canales, túneles, laberintos o espacios cerrados, entre otros. Estos métodos permiten a los iniciados estar más disponibles a su propia vivencia y a entrar en contacto con dimensiones psicológicas donde el simbolismo adquiere significados fundamentales y críticos para que el proceso tenga un efecto transformador profundo.

Por su parte, el antropólogo Victor Turner (2008) incorpora la importancia a lo que llamó estructura y anti-estructura. Desde su visión, los ritos permiten ingresar a una dimensión que nos conecta con los demás seres, donde nos sentimos como similares y pares. Este estado de anti-estructura trasciende la estructura social, la que está dada por los roles que cumplimos en la cultura, y así nos permite conectar con lo que nos une en lo profundo, nos da un sentido de pertenencia y nos enraiza, más en nuestra experiencia humana. Turner (2008) llama a este estado communitas, donde podemos resonar con otros seres humanos así como con otras formas de vida. Este estado alcanzado suele ser profundamente movilizador y transformador para el individuo y el colectivo, pues se trasciende la identificación con un yo separado.

Dentro de esta misma lógica se puede entender la tendencia a buscar la renovación o renacimiento a través de los ritos. Carl Jung (1976), psiquiatra y psicólogo, interesado en la dimensión espiritual de la psiquis y la influencia de los arquetipos (imágenes primordiales que encontramos manifestados en diferentes tiempos y culturas), destacó la tendencia de las culturas primitivas a realizar ritos de renovación frente al agotamiento o enfermedad de la energía vital. El ritual entonces es una práctica muy antigua en la historia de la humanidad y ha sido utilizada como un mecanismo para renovarse, experimentar el morir y volver a empezar. Todas estas son poderosas vías de transformación que tienen en su centro el respeto a la experiencia y la vivencia personal y colectiva.

¿Cómo se relaciona todo esto con la muerte?

Para Turner (2008) es necesario cuidar la relación entre la estructura y la anti-estructura, no sólo a nivel individual, sino que también a nivel social y cultural. Él advierte que la falta de una de ellas tiende a llevar a la otra a un extremo poderoso y riesgoso para la estabilidad y armonía. Esto significa que ante la ausencia de anti-estructura, es decir a falta de ritos, espiritualidad, trance y la experiencia de communitas, la estructura se hace más rígida e intensa hasta un punto de colapso. En nuestro caso cultural, por ejemplo, vemos que esto se puede manifestar llevándonos al extremo del materialismo, consumismo, vacío y superficialidad en nuestras formas de vida cotidiana y en nuestras relaciones con los demás. Asimismo, puede conducirnos a un colapso social como el que muchas sociedades occidentales están viviendo en estos tiempos y que eran evidentes en la etapa pre-pandémica. Al contrario, a falta de estructura, de roles, normas y expectativas sociales la anti-estructura conduce a un caos individual y social. Ambas alas se requieren para avanzar y es necesaria una relación armónica entre las dos fuerzas.

El desequilibrio entre ambas también se manifiesta en nuestra cultura a través de nuestras formas de salir de fiesta, de “carretear”. Cuando miro la dinámica de estos eventos pareciera emerger una estructura de tipo ritual: se junta un grupo de personas, se consumen diferentes sustancias, se sube el tono de voz, se coloca música a alto volumen y muchos llevan su cuerpo a un estrés extremo o éxtasis en la mezcla de estos elementos. Las personas parecen buscar consciente o inconscientemente entrar en un estado de trance, que muchas veces tiene como motivación olvidarse de la rutina que los atrapa y los comprime interiormente. A través de esta experiencia pareciera buscarse una transformación que posiblemente no logra alcanzar la profundidad necesaria para obtener revelaciones fundamentales para la vida.

La semana y el trabajo se viven como la estructura de la que habla Turner, y el fin de semana, especialmente “el carrete”, se vive como la anti-estructura, donde nos rebelamos contra los roles sociales que sentimos oprimen nuestro ser profundo. Invito a observar este fenómeno en el propio modo de funcionar y en los círculos cercanos, así como a preguntarnos ¿qué se está buscando a través de esto?. Tal vez lleguemos a reconocer que, en realidad, se está persiguiendo una experiencia que cambie la vida, algo que seguramente no se va a obtener mediante ese camino, pues se requieren otros elementos y un contexto adecuado para que una transformación profunda suceda.

El problema de este tipo de vivencias, es la carencia de un contexto que provea un sentido y pueda acompañar las experiencias que muchas personas están buscando, quizás sin saberlo. Esto es mucho más evidente en los festivales donde encontramos un uso masivo de sustancias psicodélicas.

Es de importancia recordar el trabajo de la Psicología Transpersonal, y específicamente de Grof (i.e., 1975, 1985, 1993, 2002, 2012). Él lleva más de 60 años estudiando las experiencias en estados de conciencia modificada, que él llamó holotrópicos (“holos” de “totalidad”; “trepein” de “moverse en dirección hacia”). En su trabajo se destacan las experiencias del morir y renacer, como fuentes permanentes de la psique para renovarse y marcar el fin e inicio de nuevas etapas. Estas vivencias parecieran ser de crucial relevancia para la salud física, mental y espiritual, así como las experiencias cumbre que investigó el psicólogo Abraham Maslow (1998). Grof (2002, 2012) pone especial atención al acompañamiento y sostén de estas experiencias, las que al confrontar la muerte cobran una intensidad especial y parecen poseer un alto potencial de curación.

Hoy urge la necesidad de contar con espacios seguros para experimentar la transformación interior y la renovación, para abrirnos a nuevas posibilidades en nosotros mismos. Para que se generen reales cambios de consciencia es necesario contar con un sentido de lo sagrado, aunque la evidencia nos muestra que gran cantidad de procesos de transformación y experiencias de despertar se inician y ocurren en contextos no sagrados (Taylor, 2012). Como señala la literatura sobre las crisis espirituales (i.e., Bragdon, 2006; Grof & Grof, 2006; Nelson, 1994), nos referimos a profundos procesos psicoespirituales, que bien entendidos y acompañados terapéuticamente pueden llevar a una resolución y transformación, no exentos de dolor y desafíos. Mientras que cuando son mal comprendidos pueden generar trauma, dolor innecesario y mayor sufrimiento para las personas y sus relaciones.

«Hoy urge la necesidad de contar con espacios seguros para experimentar la transformación interior y la renovación, para abrirnos a nuevas posibilidades en nosotros mismos. Para que se generen reales cambios de consciencia es necesario contar con un sentido de lo sagrado, aunque la evidencia nos muestra que gran cantidad de procesos de transformación y experiencias de despertar se inician y ocurren en contextos no sagrados».

Dada la gran cantidad de personas que reportan estas experiencias parece ser un fenómeno global más que aislado, y habla de un proceso evolutivo de la consciencia. Están emergiendo potenciales y situaciones que urgen por resolverse de manera constante; podemos orientarnos a enfrentar esos procesos y resolverlos de forma más o menos proactiva (buscando las instancias adecuadas), o dejar que esos eventos de transformación nos ocurran a pesar de nuestros esfuerzos por frenarlos.

De la mano de los nuevos potenciales emergentes, cuando atravesamos este tipo de muerte simbólica en integridad y cuidado, podemos aspirar a transformaciones sustanciales en nuestras formas de entendernos a nosotros, a los demás y al mundo. También podemos mejorar nuestras relaciones, vivir con mayor plenitud y sentido. Lo aquí dicho, aunque refiere al morir, nos conecta con el vivir: el aprender a morir en completa entrega, parece relacionarse con el permitirse nacer, confiar y soltar. No es casualidad los movimientos cada vez más fuertes que nos instan a remirar nuestras creencias y prácticas para enfrentar las grandes transiciones como son el nacer y el morir.

Publicada en Revista Endémico.

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