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Veranito de San Juan

13 de Diciembre 2020 Columnas

Hace solo unas semanas, el gobierno del Presidente Sebastián Piñera –y obviamente el ministro de Salud, Enrique Paris- continuaban tomando medidas para mostrar la “normalidad” a la que debíamos acostumbrarnos los chilenos. Aun cuando las mascarillas seguían siendo parte de la moda estival, la apertura de restaurantes, con alcaldes y autoridades mostrando in situ cómo debían operar; la reactivación del comercio e incluso la vuelta de los viajes para la tercera edad, por parte de Sernatur, eran parte de esta nueva regularidad que mostraba un Chile despertando de la pesadilla del Covid.

Sin embargo, poco duró la fiesta. Por una parte, la irresponsabilidad de los propios ciudadanos que inmediatamente llenaron las redes sociales con fotos de este despertar –materializado en fiestas, encuentros sociales y poco resguardo- se mezcló con las señales de falsa seguridad por parte del Estado, que los instaba a salir de sus casas, a consumir, a juntarse con sus amigos y familiares –con mensajes poco escuchados por sus receptores, respecto de la mantención de medidas como el uso del barbijo y el lavado frecuente de manos, al igual que la distancia social-, sin medir las consecuencias que aquello podría tener en una población cansada de las restricciones.

El resultado: menos de un mes después de aquel optimismo desmedido, Paris reconoció esta semana que “la gente y nosotros también, debemos entender que estamos en una situación riesgosa”, la que además catalogó de “crítica”. Así, en apenas días, pasamos de ser un oasis respecto de las cifras, a retroceder en el tiempo y volver virtualmente a los peores meses de la pandemia.

Entonces, el ministro tuvo que advertir que no solo la Región Metropolitana mostraba números preocupantes, sino también otras 13 regiones, entre las cuales –por cierto- está incluida Valparaíso, que pasó en solo tres semanas de poco más de 600 casos a más de 800, con alza en las cifras sobre todo en Viña del Mar.

Lo anterior se condice con una postal que ha sido habitual: las playas llenas, los centros comerciales ídem, al igual que los negocios –sobre todo considerando que quedan pocos días para Navidad- y también los restaurantes. La distancia social es parte del pasado y las mascarillas van en retirada. Basta darse una vuelta por las calles para descubrir que los viñamarinos, porteños, quilpueínos, están hartos del encierro y de las medidas restrictivas. Algo muy similar a lo ocurrido en Santiago. Y a mismas recetas, las probabilidades dictan que tendremos los mismos resultados.

El relajo se ve en las encuestas también. De acuerdo a la última Cadem, si en mayo un 76% decía que le preocupaba contraer Coronavirus, hoy apenas un 58% mantiene la misma intranquilidad. Además, un 61% se muestra de acuerdo con que su comuna haya salido del confinamiento. Y tan convencidos estamos de que lo hemos hecho estupendo, que, pese a que la gestión del gobierno en general obtiene apenas un 12% de aprobación, cuando la pregunta se concentra hacia el trabajo hecho en torno a la pandemia, la valoración aumenta a 40%.

Y así comenzamos a caer en la cruda realidad: el virus no ha desaparecido, no se ha vuelto “buena persona” (como alguna vez dijo el exministro Jaime Mañalich) y sigue acechando, esperando el menor descuido para volver a atacar. Entonces, la Región Metropolitana retrocede de fase, en el sur son varias las zonas en cuarentena extrema y el resto de las regiones vemos cómo los contagios vuelven a levantarse, haciendo realidad la temida segunda ola y advirtiendo que este verano no será, ni por asomo, una época vacacional normal.

Entre medio, la ciudadanía se apresta para celebrar Navidad y Año Nuevo, dos fechas en las que todavía no se sabe qué sucederá con las fases del plan Paso a Paso, con los viajes interregionales ni con la posibilidad de reunirse incluso con la familia. De continuar el aumento en las cifras de contagiados y la positividad de los PCR, es viable que los planes para las fiestas terminen en nada. Tanto es así, que aquí en Valparaíso ya se advierte la posibilidad de que se cancelen hasta los fuegos artificiales.

La peor de las mezclas es la que ocurrió en este periodo de regreso a la regularidad. Un gobierno que dio señales en torno a que el virus iba en retirada y una ciudadanía cansada de las restricciones, determinada a recuperar el tiempo perdido. Todo lo anterior no hizo sino mostrar que la pandemia continúa y que la “normalidad” –así, entre comillas- solamente fue un veranito de San Juan.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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