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Una hazaña inesperada

18 de diciembre 2017 Columnas

Piñera gana con insospechada comodidad una segunda vuelta que se anticipaba más reñida. Confirma, a lo menos, dos tendencias. La primera es que en Chile ganan los que han sido punteros durante toda la carrera. A nadie le arrebatan la corona en la última fecha del torneo. Lagos pasó susto en 1999 y Piñera alcanzó a preocuparse tras sus escasos 36 puntos en primera vuelta. Sin embargo, todo vuelve a la normalidad en la recta final: siempre se imponen los favoritos.

Lo segundo que se confirma es nuestra incapacidad de achuntarle al resultado. Estamos siempre pisando territorio desconocido. Se pensaba por ejemplo, que votaría menos gente en el balotaje. Así suele ocurrir. Pero votó más gente que hace un mes. En ese sentido, Guillier no lo hizo mal: dobló su votación de primera vuelta y superó los tres millones de votos, lo que sugiere que fue capaz de captar la gran mayoría del electorado de Beatriz Sánchez. La sorpresa fue Piñera: no sólo juntó los tres millones de votos que sumaba con José Antonio Kast, sino que obtuvo 700 mil preferencias adicionales. Superó su propia marca de 2010. Una hazaña, por donde se le mire. Se estaba instalando la idea de que esta elección era un plebiscito sobre su persona. El antipiñerismo tomó fuerza en las últimas semanas. La derecha temía que se unieran todos los colores contra el gris, como se decía en jerga universitaria. Pero si éste fue un plebiscito sobre las virtudes y defectos del personaje, Piñera lo ganó por nocaut.

Nadie cree, sin embargo, que el puro amor a Piñera explique este resultado. Hay dos tesis en competencia. La primera es que la campaña del terror fue exitosa. Los grupos de Whatsapp del barrio alto funcionaron como aceitadas máquinas proveedoras de apoderados. Contra lo que esperaba el poeta Zurita, fue la derecha la que acudió a sus puestos de combate. El piñerismo entendió que con las reglas del voto voluntario gana quien es el capaz de movilizar a la base electoral propia. Para ello sirve proyectar cuadros dramáticos que generen sentido de emergencia en la tribu. La derecha se movilizó ante el miedo que les provocó un gobierno de Guillier, prisionero de la influencia del Frente Amplio. De ahí la canción que se escuchaba anoche en los festejos: “Chile se salvó”.

La otra tesis es que Piñera ganó porque se apropió de las ideas del adversario. Prometió un cierto tipo de gratuidad en la educación superior y hasta se abrió a la posibilidad de una AFP estatal. Entendió que los chilenos no rechazaban las reformas de Bachelet, y se comprometió a continuarlas en la medida que la billetera lo permita. Los doctrinarios de su sector creen que vendió sus convicciones por un puñado de votos. Victoria pírrica, quizás. Pero victoria a final de cuentas, para satisfacción del senador Ossandón, que hizo el negocio.

Piñera se apresta a gobernar un país teóricamente dividido, en la esperanza de que estemos nuevamente equivocados: que la polarización sólo sea un fenómeno electoral y no una realidad sociopolítica.

Publicado en Las Últimas Noticias.

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