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Trump vs Biden: Un debate fracturado

1 de Octubre 2020 Columnas

En marzo de 2017, Tom Nichols (profesor de Relaciones Internacionales en el US Naval College) señalaba -en la connotada revista Foreign Affairs- lo siguiente: ‘(…) Burócratas no elegidos ejercen una tremenda influencia en la vida diaria de los estadounidenses. En la actualidad, sin embargo, esta situación existe más bien por defecto que por diseño. El populismo, de hecho, refuerza este elitismo, porque la glorificación de la ignorancia no puede lanzar satélites al espacio, negociar los derechos de nuestros ciudadanos en el exterior, o proveer medicamentos efectivos. Enfrentados a un público que no tiene idea alguna como funcionan la mayoría de las cosas, los expertos se desentienden y optan por debatir sólo entre sí’. Tres años después, estas líneas explican a la perfección el estado de la vida política en Estados Unidos y, desafortunadamente, de muchas democracias representativas alrededor del mundo.

El reciente debate presidencial en Estados Unidos no escapó de esta trágica condición y volvió a reafirmar que no hay absolutamente nada que un argumento sensato pueda hacer frente a la tiranía de la idiotez, la ignorancia y una marcada sobre-ideologización. Millones de espectadores para un patético espectáculo que, por lo demás, no cambiará el voto de nadie el próximo 3 de noviembre. Poco importa la pregunta sobre el ganador o el perdedor de dicho debate, tampoco si los candidatos hablaron con la verdad frente a la ciudadanía. Lo que importa, y debiera preocupar, es aquella glorificación de la ignorancia, las absurdas generalizaciones y la auto-confirmación de innumerables prejuicios de millones de electores estadounidenses.
La verdad es que no es secreto alguno que Donald Trump fue, es, y podría seguir siendo el resultado de un fenómeno sociopolítico tremendamente complejo, pero que presentado de forma simple, no es más que la consolidación de lo que Tocqueville definió, a mediados del siglo XIX, como la dictadura de la mayoría. Una mayoría individualista, pero por sobre cualquier cosa, desentendida, por su propia voluntad, de las complejidades de la vida política. Aun teniendo bajo su mando el control de la única superpotencia en el mundo, Trump es un hombre pequeño que logró unificar a millones a partir de una suma interminable de resentimientos. Y así, vemos a millones de electores completamente convencidos que un titular instantáneo en sus redes sociales reafirma sus prejuicios y que, por más que alguien intente convencerlos de lo contrario, no necesitan del conocimiento que un experto (cualquiera que éste sea) para acercarse a la comprensión de ciertos fenómenos que, simplemente, no pueden explicarse a partir del sentido común.
Joe Biden, por su cuenta, representa más bien una suma de oposiciones a una paupérrima presidencia; a un espectáculo tragicómico rodeado de escándalos que ha desnudado la precariedad de una civilidad en crisis. No es un candidato carismático, tampoco representa la diversidad de posiciones que existen dentro del Partido Demócrata. Biden es un hombre de 77 años que compite por la presidencia de Estados Unidos, anclado aun a la imagen de quien lo eligiera como vicepresidente para sus dos períodos en la Casa Blanca. En un país que ha agudizado sus problemas raciales, la figura de Barack Obama sigue sofocando la búsqueda de nuevos liderazgos capaces de revitalizar a un partido que busca destronar a un desprestigiado Partido Republicano.
El primer debate presidencial entre ambos no fue más que un recordatorio de lo anterior. Fue una muestra más de una sociedad polarizada, en crisis y sin respuestas. A pesar que el excepcionalismo estadounidense pareciera sufrir de un debilitamiento vital, podría reestructurarse de formas inesperadas. La pregunta es si sus ciudadanos estarían a la altura de las circunstancias. Creo que frente a semejante desafío, habrían millones que sí.
Publicado en Emol.
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