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25 de Septiembre 2022 Columnas

En una semana noticiosa, uno de los temas que ha llamado la atención ha sido el robo y la filtración de cientos de miles de correos electrónicos del Estado Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas de Chile. Aunque el hecho le costó el cargo al general a cargo de esta división, la evidencia indica que se trata de un fenómeno difícil de manejar. Basta recordar a Edward Snowden, que filtró documentos de la CIA, o a Julian Assange que se dedica a este rubro en WikiLeaks. El que esté libre de filtraciones que lance la receta. Esto no excusa al Ejército de haber sido imprudente en el envío y manejo de datos.

Desde el origen del hombre y sus primeras comunicaciones, surgió la necesidad de ocultar aquella información que fuese sensible o pudiese implicar el riesgo de una comunidad. Irene Vallejos, en su libro “El Infinito en un Junco”, cuenta la historia de un rey que, para mandar un mensaje a otro, sin que pudiese ser detectado en el camino, hizo pelar al mensajero, tatuar la información en su cabeza y luego esperar a que el cabello creciera. Una vez que el mensaje se ocultó bajo la cabellera, lo envió al otro reino con la instrucción de que cuando llegara se pelara. Solo de esta forma logró que el mensajero pasara todos los controles sin problemas y llegara el mensaje sin que el resto pudiera enterarse y sin que el portador conociera de su contenido.

En el caso de Chile, Manuel Rodríguez pasó a la fama por sus disfraces y hacer uso de todo un sistema de inteligencia para enviar mensajes a través de la cordillera donde se encontraba exiliado gran parte del ejército patriota. En una época cuando la comunicación se hacía solo a través de las cartas y de persona a persona, había que ser muy cauto con todo lo que se decía y escribía.

No lo entendió así Diego Portales, que redactó sus cartas sin imaginar que, a partir de estas, se construiría una parte importante de la historia y de su biografía. Por esta razón, no tenía problemas en amenazar a sus enemigos, a través de sus misivas, con un lenguaje coloquial y deslenguado: “colgaré de un coco a los huevones y a las putas les sacaré la chucha”.

Su par boliviano, Andrés de Santa Cruz, en cambio, fue mucho más cauto y enviaba las cartas de manera encriptada, a través de un sistema de claves que, luego de su captura, pudo ser descifrado por la diplomacia chilena. Cuando el boliviano escribía pasear, en realidad, estaba hablando de comprar; viajar era vender; dormir, pedir; estudiar, pagar; leer, abonar y así sucesivamente. Amar, cosa curiosa, era cobrar. Los verbos se complementaban con números que reemplazaban los nombres de los involucrados. Ejemplo: Carlos = 1, EMV = 2. Solo a través de este sistema de claves se podían entender sus cartas e incluso usarlo para enviar sus propios mensajes: “Voy a dormir que estudien mis columnas del 2, llegó la hora de amar a 1”.

Cuarenta años después de Portales y Santa Cruz, durante la guerra del Pacífico, el ejército se sirvió del complejo sistema de claves que utilizaban las salitreras a través del telégrafo para el envío de información sensible, sin que pudieran ser detectados por peruanos y bolivianos. Rafael Mellafe, dedicado a la historia de este conflicto, comenta como dato anecdótico que una de las pocas veces en que el ejército chileno se confió de enviar la información sin ser codificada al momento de retirar las tropas de la Sierra, los peruanos se enteraron antes que los chilenos, generando un gran problema.

Durante el siglo XX, los sistemas fueron siendo cada vez más complejos. Desde sistema de códigos, similares a los empleados por Santa Cruz, utilizados en la Gran Guerra; pasando por la máquina Enigma de los alemanes en la segunda, hasta llegar a la creación de Internet en la Guerra Fría.

Finalmente, la nueva generación de computadores cuánticos tendrá la capacidad para descifrar en cosa de segundos todas nuestras claves. En ese momento, nuestra seguridad se desvanecerá como un castillo de naipes y quedaremos expuestos a que se pueda acceder a nuestras cuentas, correos y whatsapp. Si no se toman las precauciones del caso, esto podría ser como un juicio final y, para algunos, incluso peor. La recomendación: no escriba en privado lo que no quiere que se sepa en público. Mejor dígalo, las palabras, a diferencia de lo escrito, se las lleva el viento.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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