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San Petersburgo

28 de Agosto 2019 Columnas

Es probable que cualquier adjetivo que se utilice para resumir la belleza de San Petersburgo suene trillado. Se han publicado miles de páginas acerca de sus calles, su arquitectura, el papel de Pedro el Grande en su diseño, los canales que la cruzan de punta a punta, sus edificaciones simétricas pero de fachadas múltiples, el orden de sus calles, los colores que adornan su paisaje, la luz del verano que se posa sobre los cientos de turistas que transitan sus puentes y navegan las aguas del Neva.

 Y, aun así, todavía pueden escribirse algunas pocas líneas sobre su inagotable elegancia; esa que sorprende al visitante primerizo y lo deja pensando sobre lo mucho que las atrocidades del siglo XX debieron afectar su devenir.

San Petersburgo es una ciudad majestuosa, que fue construida para agradar el ojo de los zares y sus visitantes extranjeros. Su inspiración —así como la de los palacios que se encuentran en las afueras, como el de Peterhof o el de Catalina I— provino de los viajes de Pedro a la Europa de fines del siglo XVII, y Versalles fue su principal modelo estético. Un modelo que vio en la simpleza de lo que más tarde se conocería como neoclasicismo una fórmula correcta para combinar la racionalidad de la planificación urbana con las arcas siempre escasas de un Estado con aspiraciones imperiales.

De las muchas atracciones que son posibles de visitar en un viaje de cinco días destacan la catedral de San Isaac, la iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada y, por supuesto, el Hermitage. Construido en diversas etapas, puede decirse que este último comenzó su vida como museo en una época tan temprana como el reinado de Catalina la Grande (1762-1796), cuando la emperatriz compró una buena cantidad de cuadros que todavía adornan el edificio.

Ir hoy al Hermitage es una experiencia doblemente estimulante: por un lado, su colección está a la altura de otros grandes museos, como el Louvre o El Prado. Por otro, sus cientos de habitaciones laberínticas conforman una obra artística en sí misma, en la cual sobresalen la Sala de Malaquita, la galería que celebra la victoria rusa sobre Napoleón o la que alberga dos hermosos cuadros de Leonardo da Vinci.

San Petersburgo sufrió las inclemencias del siglo XX más que cualquier otra ciudad rusa. La revolución bolchevique de 1917 la despojó de su estatus de capital, y el “Sitio de Leningrado” llevado a cabo por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial dañó dramáticamente sus edificios y a los habitantes que allí había. Sin embargo, ahí sigue en pie, más viva y esplendorosa que nunca, portando una mezcla pocas veces reconocible entre las civilizaciones occidental y oriental. Única en su especie.

Publicada en La Segunda.

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