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¡Resucitó!

29 de diciembre 2017 Columnas

Recuerdo escolar de cada lunes después de semana santa: en cada pupitre, nos esperaba un queque individual con una banderita que llevaba escrito “¡Resucitó!”. Tuve la misma sensación el lunes después de la segunda vuelta, cuando el rector Carlos Peña hacía su recorrido radial.

Los resultados de la primera vuelta no coincidieron con las predicciones de Monseñor –como le dice con cariño y algo de sorna su feligresía mercurial. En corto, Peña pensaba que el candidato Piñera encarnaba mejor las aspiraciones de una clase media que se ha volcado sin culpa hacia el mercado para satisfacer sus necesidades materiales (bienes) e inmateriales (estatus). En un escenario de modernización capitalista, sugería Peña, la emancipación ya no pasa por las grandes utopías colectivistas sino por la realización de la subjetividad a través del consumo. Pero Piñera apenas obtuvo el 36% de las preferencias y la narrativa de Peña cayó en desgracia académica.

La izquierda le dio especialmente duro: los chilenos no se han vendido a la cultura del mall, retrucaron. Las reformas de Bachelet siguen siendo populares, agregaron. Es cosa de sumar los votos de Goic, Guillier, Sánchez, Navarro y Artés. Los analistas más sofisticados observaron dos cosas. Primero, que Peña instaló una falsa dicotomía pues los chilenos no quieren elegir entre reformas igualitarias y modernización diferenciadora: quieren ambas.

Segundo, que constituye un error metodológico tratar de probar hipótesis sociopolíticas con resultados electorales, especialmente cuando el voto es voluntario.

Como fuere, Peña fue casi desahuciado. Intentó defenderse, explicarse mejor. No hubo caso. La lápida ya estaba inscrita: aquí yace CPG, pontífice dominical, que porfiadamente se resistió a reconocer el derrumbe del modelo.

Atrás quedaba la imagen del rector que disfrutaba irritando a la elite conservadora con sus agudos comentarios anticlericales. En su versión actual, Peña sería el intelectual orgánico del modelo neoliberal, superior a cualquiera que pretenda serlo desde la propia derecha.

Por eso fue tan dulce la mañana del 18 de diciembre. De las cenizas, Monseñor volvió a la vida. Piñera obtenía la friolera de 9 puntos de diferencia y se convertía en el presidente más votado desde 1993. Los chilenos, finalmente, se habían inclinado ante el candidato que mejor representaba sus anhelos de modernización capitalista. Con Piñera, ganaba Peña.

Es una buena historia pero muy simplificada, principalmente porque no sabemos quiénes le dieron a Piñera su holgado triunfo y por qué votaron por él en el balotaje.

La primera tesis sostiene que, tal como en 2009 existió meo-piñerismo, ahora tuvimos bea-piñerismo. Eso explicaría los buenos resultados de Piñera en populosos núcleos urbanos de clase media donde Beatriz Sánchez tuvo altas votaciones. La pesadilla del Frente Amplio: enterarse que sus electores exhiben baja intensidad ideológica, votos blandos que se pasaron de su candidata al candidato de la derecha sin experimentar disonancia cognitiva. Les habría seducido la frescura de la periodista, pero no necesariamente el contenido quejumbroso de su relato. Como si se tratase de elegir productos en el supermercado. El problema de esta tesis es que los (pocos) números que tenemos sugieren que el 80% de los votos de la Bea fueron a Guillier. Sólo uno de cada diez pasó a Piñera. Es poco para hablar de bea-piñerismo.

La segunda tesis es que Piñera se mimetizó con Bachelet (otro deja vu de 2009: mientras “El Desalojo” de Allamand decía que Piñera ganaría agudizando sus diferencias con la presidenta, Tironi sostenía que la llegada de la derecha a La Moneda se explicaba por su aprendizaje mimético). Esta vez, Piñera tomó banderas emblemáticas de la Nueva Mayoría. Se comprometió con la gratuidad y hasta se abrió a la posibilidad de tener una AFP estatal. Es decir, neutralizó la ventaja que podía tener Guillier como continuador de las reformas bacheletistas. Articuló un discurso insuperable: los derechos sociales no sirven en el papel, hay que financiarlos, y nadie mejor para financiarlos que un gobierno que viene a meter leños a la locomotora de la economía. Si esto es correcto, la derrota cultural sería de la derecha y Peña no podría cantar victoria.

A todo esto se agrega finalmente otro problema: ¿hay que hacerle caso a la primera o a la segunda vuelta? ¿Cuál entrega señales políticas más confiables? Según algunos, en la primera se experimenta, casi como un juego, mientras en la segunda se vota en serio. Otros recuerdan que la literatura dice lo contrario: la primera vuelta es el verdadero termómetro, cuando están todas las opciones sobre la mesa.

El asesinato de Peña a manos del columnismo de izquierda fue prematuro. Pero su resurrección también depende de la confirmación de hipótesis que aún no han sido confirmadas. Pero si tuvimos quequitos con banderitas por la resurrección menos confirmada de la historia, bien vale uno para Monseñor.

Publicado en The Clinic.

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