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Recuerdos de verano en la calle Valparaíso

31 de Enero 2021 Columnas

Se acabó enero y la llegada de febrero nos conecta directamente con las vacaciones. Aunque muchos tengan que trabajar, inevitablemente, nos trasladamos a alguna época, en mi caso en los noventa, cuando éramos estudiantes, en que teníamos este mes completo para levantarnos tarde, ir a la playa todo el día y finalizar la jornada recorriendo la calle Valparaíso a la caza de algún show nocturno o un hecho extraordinario de esos que, cada cierto tiempo, ocurrían en esta concurrida avenida.

Hasta hace algunos años, antes de la apertura de los malls, la calle Valparaíso era, como consigna Jorge Salomó en su libro sobre este lugar, un espacio natural de ejercicio democrático. Siempre con “un ritmo que promueve el encuentro, la detención a conversar, la actitud de mostrarse y observar, de intercambiar apreciaciones y juicios”.

Imposible olvidar un café helado y sándwich de ave palta en el Samoiedo en época de vacas gordas. Un completo y una bebida de máquina en el Mahuel en vacas flacas. O, si no, un juguito de zanahoria en Rodier, una opción más light, antes de que existiera ese concepto o las tribus vegetarianas y veganas.

Una vuelta por la casa amarilla, buscar algún casette, de alguno de los invitados al festival o de otro que estuviera número uno en los rankings de Jorge Aedo o Andrea Tessa y ver si solo por el single valía la pena la inversión del lado B.

La llegada de los UNITAS, sus curaderas en el segundo piso del Portal Álamo, haciendo escándalo, tomando shops de litro sobre las mesas, rodeados de chilenas curiosas que venían de otras regiones por unos dólares más…en una época en las que ver afroamericanos era una rareza en Chile.

Noches de “Pepito paga doble”, de un no vidente cantando algún viejo éxito con la voz chillona metalizada por un amplificador barato. Jornadas en las que “El Flaco y el Indio” nos usaban de sparring soñando con algún día poder estar en la Quinta Vergara. Noches de chistes groseros, rutinas subidas de tono, en una época donde a nadie le importaba la sensibilidad del otro. Había luz verde para reírse de los homosexuales, de los feos, de los chicos y de los gordos. Si había uno que cumplía con todas las anteriores, se llevaba el “premiado”.

No había celulares, whatsapp, ni GPS. Si pasaba algo, a buscar una moneda y luego un teléfono público y si ni siquiera alcanzaba para eso, porque se acabó la plata o se perdió la billetera, había que mendigar para pedir una moneda o, después, llamar por cobro revertido (cómo no recordar el 800 800 360). Billeteras delgadas, no había tarjetas, ni de buses, ni de débito, ni “master plop”. Ni siquiera el carnet que, en esa época, apenas cabía con su enorme plastificado. Un billete de quinientos, un boleto de tren, una lista de números de teléfono y algún calendario de esos que regalaban por un aporte voluntario en la micro, todo eso llenaba las billeteras de los adolescentes.

Uno se ponía de acuerdo en la hora y en el lugar donde juntarse, por teléfono en la tarde. Lo que venía después era una prueba de confianza que templaba la amistad. En esa selección fuimos o nos fueron descartando, por impuntuales, olvidadizos o torpes. Nada peor que volver con el rabo entre las piernas porque fulanito(a) no llegó. Por eso había lugares de encuentro clásicos: el Hipopótamo hasta que desapareció, uno norte con libertad, la galería Florida, etc.

Una vuelta por la feria de artesanía en busca de un regalo barato que justificara la invitación a un cumpleaños. Una pulsera, un estuche de cuero con el nombre grabado, un poster o uno de esos sets de bromas pesadas.

Uno avisaba la hora de regreso y andaba preguntando por ella, porque ni siquiera teníamos relojes. El tiempo pasaba volando sin necesidad de TIK TOK o Instagram. Nadie se tomaba fotos, pues las cámaras eran un lujo para las vacaciones. No había que “etiquetarse”, ni estirar los brazos hasta el desgarro para conseguir una selfie del grupo. Las papas fritas o el churrasco de “El Guatón” eran engullidos con voracidad, sin la necesidad de ser fotografiados antes del sacrificio.

Podrán encerrarnos, suspendernos actividades, impedirnos ver a nuestros padres, familiares y amigos que viven en otra región, pero no pueden quitarnos los recuerdos, la nostalgia de una época que, no siendo ni mejor ni peor, funcionaba, como decía Eugenia Garrido en el prólogo del libro de Salomó, a una escala humana.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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