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¿Por qué tenemos más miedo?

3 de Noviembre 2022 Columnas

Recientemente, la Fundación Paz Ciudadana (FPC) reportó la más alta tasa de temor frente a la delincuencia en 22 años ¿Cuánto de esa preocupación se debe al aumento del delito? Los mismos datos de FPC nos indican que ello no sería así, pues se ha observado una estabilización de las tasas de victimización.

El temor es un fenómeno multicausal. Ser víctima de un delito es un predictor, pero también hay otros factores que inciden. Ciertamente, las condiciones sociodemográficas (las mujeres, los de más edad y de menores ingresos, suelen sentir más preocupación). Según vasta evidencia, el miedo también está enraizado en la percepción de “incivilidades” y deterioro del entorno directo (barrios dañados y desaseados, peleas y agresiones, consumo de drogas en las calles o falta de iluminación).

A lo anterior, se suma la pregunta sobre la influencia de los medios de comunicación en este ámbito, a lo que en los últimos años se ha sumado el uso de las redes sociales. La investigación ha mostrado que especialmente la televisión -en ocasiones- puede contribuir al temor, pero no es el determinante principal. Incluso, más que la exposición directa a los medios, se ha constatado un efecto de victimización vicaria, en que se experimenta la delincuencia, indirectamente, a través del relato de otros. En Chile, estudios han mostrado que la conversación interpersonal en torno al delito es un factor significativo en la creación de miedo (Scherman y Etchegaray, 2013). En el escenario actual, a esa variable se podrían sumar redes sociales como WhatsApp, que favorecen en forma más rápida e intensa un consumo incidental de contenidos y conversaciones sobre actos delictuales, entre vínculos cercanos, como vecinos, familiares y amigos. Otras redes como Facebook, Twitter o Instagram no generan la misma percepción de miedo, hasta ahora.

Cuando los crímenes son más “espectaculares”, reciben no solo mayor cobertura de los medios, sino que «resuenan» más en las audiencias y sus conversaciones presenciales y digitales. A partir de datos cualitativos exploratorios, se ha observado que las personas no siempre son capaces de manejar cifras respecto al delito para explicar su propio temor, pero sí constatar “saltos cualitativos” en la forma de ejercer la delincuencia, asociados a actos que se perciben como más violento, “innovadores” y -sobre todo- que se realizan en lugares vistos antes como protegidos: «se roba hasta en los malls», «se roban autos con bebés», «ahora no basta robarte el celular, te pueden apuñalar», son descripciones comunes que las personas usan para retratar estos hechos (Browne y Valenzuela, 2016). En ese sentido, en el caso de Chile, hay hipótesis que sostienen que detrás del aumento del temor está la espectacularidad de los crímenes y el incremento de delitos de alta connotación, especialmente los homicidios.

La evidencia y la experiencia internacional demuestran que no se puede subestimar el temor. Es necesario generar políticas específicas para abordarlo, porque los efectos de un clima de miedo no son triviales: pueden impactar la calidad de vida de las personas, al suscitar menor disposición a salir a la calle y aislamiento, especialmente entre los de más edad, y, a nivel institucional, pueden incidir en la adhesión a legislación y medidas penales más extremas, de «mano dura», que -justamente- no son las más eficaces para combatir a la delincuencia.

Publicada en La Segunda.

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