arrow-right host location public time type

Nostalgia Noventera

18 de enero 2018 Columnas

Un fantasma recorre Chile: el fantasma de la frustración de la generación que fue joven en los noventa y que no entiende en qué momento les cambiaron el país. Se trata de la generación que adquirió conciencia política hacia fines de los ochenta y miró cómo sus padres condujeron el retorno a la democracia. Usando el término popularizado por la novela de Douglas Coupland, son nuestra generación X, esa nacida entre mediados de los sesenta y fines de los setenta.

Hoy están desorientados: sus hermanos menores -los millennials- irrumpieron con todo en la escena política. Renegaron de la transición, se olvidaron de Pinochet, fundaron partidos propios y aspiran a ejercer el poder lo antes posible. A la generación X chilena, en cambio, le enseñaron que había que esperar. Esperar a cumplir cincuenta para heredar los partidos. Pregúntenle a Alvaro Elizalde. Los millennials no esperan. Vienen por todo.

Los X están genuinamente preocupados. Fueron testigos de lo difícil que fue la transición. Se acuerdan del Chile que tenía casi la mitad de la población viviendo en la pobreza. Se acuerdan del primer McDonald’s que se instaló en Santiago. Se acuerdan de cuando llegó la música electrónica y las pastillas, como contaba Hernán Rodríguez Matte en Barrio Alto. Se acuerdan de ese Chile contenido a la espera de un destape que nunca llegó. Sobre todo se acuerdan de que la política era un asunto de adultos. Ellos no estaban para gobernar, sino para ver cómo gobernaban sus papas. La vida era eso que transcurría en el frívolo gozo individual de la bonanza económica, eso que pasaba en los cuentos de Alberto Fuguet.

Por eso volcaron su irreverencia juvenil en otras expresiones culturales. Armaron canales de televisión como el Rock & Pop y organizaron talleres literarios en la Zona de Contacto. Son la generación que hizo Plan Z y fundó The Clinic. Lo cuenta Rafael Gumucio en La Edad Media. Eran los irreverentes que desacralizaban los tabúes de una sociedad en transición hacia la modernidad, todavía encerrada en sus traumas. Era el país donde no se podía ver La última tentación de Cristo y la sodomía estaba en el Código Penal. Fueron irreverentes y ser irreverente era sexy. En el país de los Jaguares, los estelares pagaban millones para que un comentarista deportivo fuera a despotricar contra todo lo que se movía. El Chino Ríos llegaba a ser número uno del planeta mientras mostraba una indiferencia sublime frente a los procesos políticos y sociales que ocurrían en su tierra. Clasificar a un mundial no era un derecho, sino un privilegio. Fue una generación que jugó con todo, pero no le dejaron tocar el poder.

Por eso se incomodan ante el tonito pontificante de sus hermanos chicos, que creen que el mundo empezó con ellos. Es una frustración que sin quererlo se cuela en las páginas de Chamullo, el último libro de Oscar Landerretche: al autor le molesta la actitud mesiánica de estos jovenzuelos que adquirieron conciencia política en un Chile sin carencias materiales graves. Les cuestiona su idealismo romántico, su ética maniquea. Les critica su incapacidad de mirar el país en perspectiva. Porque los millennials no se acuerdan del ejercicio de enlace ni de lo que era vivir con Pinochet instalado en la Comandancia en Jefe atento a cualquier atisbo de reforma sustancial de su legado. Como no se acuerdan, creen que sus hermanos mayores fueron pusilánimes. Que no le pusieron empeño real a las transformaciones. Por lo demás, nunca mostraron hambre. Se conformaron con que Lagos les diera un par de subsecretarías. Fue lo más cerca que estuvieron del poder real. Antes de eso ni hablar: Aylwin y Frei gobernaron con sus abuelos. Marco Enríquez-Ominami fue el único que se atrevió. Pero ya era tarde. Los millennials lo jubilaron apenas dos años después de su irrupción presidencial.

El mundo que añora Gumucio ya no existe. En los noventa, pasaba por genio irreverente. En tiempos de corrección política, la irreverencia se paga cara -como lo paga Gumucio cada vez que sugiere alguna teoría sobre las mujeres o los animales en redes sociales-. El título de su libro es perfecto: para los jóvenes progresistas con los cuales discute en Twitter, la era dorada de Gumucio es medieval. Un humorista se podía llevar un cargamento de gaviotas ridiculizando homosexuales y Plan Z hacía “Mapuches Millonarios”. Estos son los tiempos del stand up combativo, feminista y que se toma la comedia muy en serio. En el país donde ya no circula la Bomba 4, el sketch de Plan Z habría sido acusado de perpetuar estereotipos racistas contra un colectivo vulnerable. Gumucio habría querido ser Zizek. Pero mis hermanos chicos lo encuentran parecido a Villegas.

Los millennials no entienden a Gumucio. No creen que sea de izquierda. Lo consideran un conservador. Muchas veces, así suena. En su estilo: entre broma y en serio. Pero cómo no ser conservador si el mundo que te vistió de fama ya se fue. La Edad Media es un retrato de ese mundo. Para el disfrute nostálgico de aquellos que fueron jóvenes en los noventa, pero especialmente para que las nuevas generaciones le tomen el pulso al país que existía justo antes de que ellos llegaran a cambiarlo todo.

Publicado en Revista Capital.

Contenido relacionado

Redes Sociales

Instagram