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McCartney, la fiesta interminable

11 de Abril 2019 Columnas

Ya han pasado tres semanas de la venida de Paul McCartney y sigo pensando en esa fiesta interminable que fue su concierto en el Estado Nacional. Fui a su primera presentación en 1993, cuando tenía nueve años, pero me perdí las siguientes por estar estudiando fuera del país. Ya me había convencido de que no lo volvería a ver en Chile, seguro de que el talentoso músico de Liverpool se recluiría en un merecido descanso. Menos mal, estaba equivocado. Lo que vivimos junto a mi mujer y mi hija el
miércoles 20 de marzo fue una experiencia inolvidable, tanto por la calidad de la propuesta como por lo emocionante que es ver a distintas generaciones cantar y bailar al ritmo de un músico que no se cansa de tocar bien.
McCartney es, ante todo, un muy buen bajista. Sin embargo, reducir su calidad a dicho instrumento es, por decir lo menos, mezquino. En las casi tres horas que duró el concierto, tocó, además del bajo, guitarra eléctrica y electroacústica, piano, mandolina y ukelele. Y todo ello con una voz que todavía sorprende por su calidad y afinación. Algunos podrán decir que la tiene más rasgada y que, en consecuencia, requiere de la ayuda de terceros, como la de su excelente baterista, Abe Laboriel Jr., cuyas segundas voces son impecables Sin embargo a sus 76 años McCartney les saca una ventaja considerable a músicos incluso más jóvenes que él.
A McCartney le gustan los detalles. La sucesión de fotografías en las pantallas del escenario cuando todavía el show no comenzaba resumen su vida de una forma estéticamente muy llamativa. En ellas se entrecruzan sus años con Los Beatles, Wings y su carrera de solista. El significado, noobstante, es el mismo: en cada una de sus etapas se aprecia a un McCartney interesado en fomentar su imagen, es cierto, pero siempre en compañía de otros. McCartney cree en las bandas, y sus composiciones como solista están llenas de arreglos que requieren de la intervención de una multiplicidad de músicos, incluidos algunos de los más grandes productores de la música popular anglosajona.
Su pasión por los detalles explica por qué su música traspasa a tantas generaciones. Tocar las primeras estrofas de “Something”, la gran canción de George Harrison, con un ukelele para, luego, invitar a su banda a seguirlo con guitarras y batería fue un gesto apreciado por los muchos niños presentes. Como lo fue también que “Live and let die” estuviera acompañada de un fantástico espectáculo de fuegos artificiales. Tengo grabada en mi cabeza la alegría de mi hija al oír la letra de la canción acompañada de los fuegos. Esa imagen basta para estarle inmensamente agradecido.

Publicada en La Segunda.

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