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La vigencia de una novela

28 de febrero 2018 Columnas

Caminando por el centro de Bogotá, mi buen amigo y colega Daniel Gutiérrez Ardila me propuso ir a la que es, sin duda, una de las mejores librerías de libros antiguos de Latinoamérica. De nombre Merlín, el lugar agrupa una colección apabullante de libros publicados en las últimas décadas. Al entrar en sus habitaciones, el lector recorre tiempos, espacios, autores, relatos nacionales e internacionales. En uno de dichos rincones me topé con la sección dedicada a Chile, no tan grande como otras, pero ciertamente imponente.

Allí saltó a mi vista “Los convidados de piedra”, la novela de Jorge Edwards publicada en 1978. No la había leído y me pareció una buena idea dedicar parte de mis lecturas de verano a una obra reconocida en Hispanoamérica por la densidad de su estructura gramatical, así como por la agudeza de una narrativa que, desde la ficción, recorre la historia política del Chile del siglo XX. Como dice Mario Vargas Llosa, Edwards es uno de los mejores cronistas del “boom latinoamericano”, siendo “Los convidados de piedra” un botón de muestra de un tipo de literatura hoy difícil de encontrar.

La trama es conocida y no vale la pena detenerse en ella. Sí es importante, no obstante, dar cuenta de dos cuestiones. En primer lugar, este libro es una interesante puerta de entrada a ese vendaval de dictaduras y dictadores en el que se vio inmerso el continente durante los sesenta y setenta. La política recorre, en efecto, toda la trama de la novela, como si sus protagonistas estuvieran encerrados en una suerte de calle sin salida luego del golpe de Estado de 1973, un evento cuyas causas pueden retrotraerse (al menos en estas páginas) a la Gran Depresión y la posterior Guerra Fría.

Pero “Los convidados de piedra” es también una reflexión profunda sobre el ser humano y las muchas vidas que cada vida carga sobre sí misma. El auge y caída de uno de sus personajes centrales, Silverio Molina, es sintomático de lo anterior: con él se recorre el tránsito ideológico desde un pasado aristocrático y conservador a un presente con semblante revolucionario y de signo comunista. Sabemos de algunos ejemplos emblemáticos que experimentaron aquel tipo de cambio en Chile, los que, precisamente por no hallar su lugar en el mundo, concluyeron sus días cargando tanto con el desprecio de sus congéneres de clase como con el escepticismo de sus nuevos compañeros de lucha.

La soledad es, pues, una característica principal de esta extraordinaria novela de Edwards. Su lectura me llevó a un tiempo que parece lejano pero que, sin embargo, tiene una gran vigencia. Altamente recomendable para estos días en que la contingencia amenaza con ocultar la relevancia de nuestra historia reciente.

Publicado en La Segunda.

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