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La trituradora de Francisco

1 de octubre 2018 Columnas

Antes de convertirme en el ateo comecuras que soy, fui un niño profundamente religioso. Solía oficiar de acólito en las misas del colegio. Un buen día a fines de los ochenta o principio de los noventa nos llevaron a la Parroquia El Bosque a conocer al padre Fernando Karadima. Según me recuerdan, era una especie de prueba para ver si para auxiliarlo en sus populares misas de domingo. No quedé entre los seleccionados. Probablemente no tenía “zapatitos”, como dicen que decía Karadima para referirse a las aptitudes de un postulante. A veces pienso de la que me salvé. Otros no tuvieron la misma suerte. Otros conocieron su lado más oscuro. Otros conocieron al déspota abusador que resultó ser el sacerdote regalón de la clase alta chilena.

Me acuerdo de todo esto en el día que el Papa Francisco lo expulsa de la Iglesia. La justicia vaticana se tomó su tiempo. Pero llegó. Me pregunto qué le impidió al argentino tomar estas medidas antes de visitar Chile en enero de este año, cuando la mayoría de los antecedentes que tiene ahora a la vista ya estaba disponibles.

Su visita fue un fracaso diplomático y pastoral, en gran parte porque los fieles chilenos vieron al jesuita del lado de los abusadores. Perdió una oportunidad Francisco. Debe estar rezando para que no sea demasiado tarde. Debe estar enfurecido con la red de protección que se tejieron entre ellos los obispos para cubrirse las espaldas.

Sus últimas acciones han sido tan inéditas como decididas. Unos tras otros van cayendo los victimarios de sotana, sus cómplices y sus encubridores. El Papa no debería detenerse aquí en su cruzada justiciera. Ya abrió la válvula. Ya salió del desengaño. La tendrá que ser intensa para limpiar su Iglesia. Porque pocas instituciones han sufrido un descalabro reputacional mayor. Los otrora bastiones morales de la nación hacen agua. Primero fueron los políticos y los empresarios. Después, carabineros y los curas. A todos se les acabó la fiesta. Porque la confianza cuesta un mundo construirla. Y poco perderla. Francisco pasará a la historia como el valiente que se atrevió a ventilar el vertedero. Pero nada asegura que los chilenos volverán a confiar. A mí no me quita el sueño devolverle su prestigio ni su sitial de influencia política, social o espiritual. Por mí, que la iglesia católica cierre por fuera.

Publicada en Las Últimas Noticias.

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