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La teoría del complot

5 de Enero 2020 Columnas

El día 31 de diciembre de 2019, cuando nos estábamos preparando para la celebración del fin de año, la televisión mostraba una imagen que nos recordaba, contrario a lo que señaló el presidente Sebastián Piñera en una entrevista publicada dos días antes, que todavía no existe claridad si es que ya pasó lo peor. Me refiero, en específico, a la transmisión en vivo de un grupo de jóvenes intentando, a vista y paciencia de todo Chile, en medio de la plaza Italia, echar abajo la estatua de Manuel Baquedano, sin que nadie intentase impedirlo. A pesar de tener todo a su favor, los esfuerzos por derribar el monumento fueron inútiles y Baquedano sigue firme en el medio de la plaza, aunque cada vez con menos dignidad.

A partir de estos hechos, surge la pregunta si es que aquellos que intentaron derribar la estatua podrían ser parte del mismo sector o grupo de los autores de los atentados al metro que terminó con nueve estaciones completamente destruidas. Sin ser un experto ni tampoco queriendo serlo, el sentido común me lleva a pensar que es bastante más difícil quemar nueve estaciones casi al mismo tiempo que echar abajo una estatua.

A dónde voy con todo esto: lo que señalé la semana pasada, que seguimos sin saber quiénes atentaron contra el metro y que lo poco que se ha conocido es de unos mensajes de whatsapp entre un par de miembros de la barra de Colo Colo. Nuevamente, surge la duda de si las barras bravas, en este país, tienen la capacidad para una acción tan coordinada, siendo que, cuando quisieron paralizar el fútbol, convocaron apenas a un centenar de personas y que solo por la incapacidad o falta de voluntad de Carabineros, lograron paralizar todo el campeonato.

Manteniéndose las dudas respecto a los autores, surge la tesis de la intervención extranjera que para muchos puede sonar descabellada. Para la extrema derecha, solo una acción de la inteligencia venezolana podría explicar un estallido social como el que se vivió el viernes 18 de octubre. Para el resto, es una tesis trasnochada y que pareciera no tener otro fin que el de querer desentenderse de la incapacidad del gobierno para manejar los problemas.

El presidente, en tanto, sigue sin descartar que haya otros países implicados en el atentado. Sin embargo, habría que preguntarse ¿Por qué alguien querría hacerle daño a Chile? Una respuesta la podríamos encontrar el día 23 de febrero de 2019 ¿Lo recuerda? Seguramente no, la mayoría estábamos de vacaciones y uno tiende a perder la noción del calendario por esos días. No se preocupe, yo se lo recuerdo. Ese día, el presidente Sebastián Piñera acompañó a Juan Guaidó, “presidente encargado” de Venezuela, al presidente de Colombia, Iván Duque, y al secretario general de la OEA, Luis Almagro, a tratar de forzar un levantamiento en contra del gobierno de Nicolás Maduro. El plan era cruzar el puente Tienditas con ayuda humanitaria, envalentonar al pueblo venezolanos rebelarse y lograr poner en el cargo a Guaidó. El plan terminó siendo un completo fracaso. Guaidó hoy en día es un fantasma político, Maduro sigue firme en el poder, mientras que Piñera tuvo que regresar a Chile sin poder ostentar el título de paladín de la democracia.

Aunque alguien podría defender las buenas intenciones del presidente, lo cierto es que su acción era un intento velado por intervenir en la política de otro país y pese a que la acción no pretendía ser violenta, pudo haber derivado en un derramamiento de sangre.

¿Hubo intervención venezolana en los ataques coordinados del día 18 de octubre, que dieron paso al ciclo de violencia en que estamos? Hasta el momento no hay pruebas que lo demuestren. Lo que sí hay son razones suficientes para pasarle la cuenta al presidente, una cuenta que, de ser cierta, la habríamos terminado pagando todos.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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