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La primera medalla para Chile

1 de Agosto 2021 Columnas

Ante el avance de las políticas deportivas de los otros países, frente al estancamiento de una política pública de verdad para al deporte competitivo, la posibilidad de que Chile obtenga una nueva medalla olímpica pareciera seguir condicionada al esfuerzo y talento particular de los deportistas y sus familias. Así es ahora y así fue hace poco más de un siglo cuando el atleta chileno Manuel Plaza obtuvo la primera medalla olímpica para Chile. Se trató de un logro inédito, que provocó un profundo impacto en una historia que está marcada por sabrosas anécdotas y, por supuesto, algo de mito.

Partamos por esto último. La leyenda decía que Plaza debió haber ganado, pero se perdió en la ruta. A pesar de esto, consiguió un meritorio segundo lugar y, lo que era mejor, la primera medalla olímpica para Chile. Sin ese despiste, el atleta chileno no habría llegado 26 segundos tarde, después del argelino Boughéra El Ouafi, representante de Francia, quien arribó a la meta en el estadio olímpico de Amsterdam, luego de 2 horas, 32 minutos y 57 segundos.

Revisando su historia, lo cierto es que era difícil que Manuel Plaza se perdiera considerando que, dos meses antes de la prueba, se instaló en esa ciudad para practicar la ruta en un entrenamiento en el que solo descansaba los domingos. De hecho, la prolongada estancia en los Países Bajos le jugó una mala pasada y terminó compitiendo con un fuerte dolor en la rodilla producto del reumatismo que, decía, era culpa del clima frío y húmedo de Holanda.

Los preparativos en trote, en especial, en las partes difíciles, se complementaban con ejercicios gimnásticos y una disciplina espartana que lo mantenía alejado de las tentaciones nocturnas de la capital holandesa. Parte de este entrenamiento incluyó, días antes de la competencia, que las esposas de dos dirigentes de la delegación se hicieran cargo de la cocina del hotel para preparar al atleta comida chilena, más nutritiva y estimulante que las salchichas ahumadas de la zona.

Lejos de la imagen amateur que uno pudiera imaginar para una competencia que se desarrolló hace un siglo, los corredores fueron bien escoltados por periodistas que siguieron en auto y motos el desenlace de la carrera. En el fragor de la lucha, los periodistas chilenos dejaron de lado el profesionalismo para alentar a Plaza. Lo mismo que algunos compatriotas que se pusieron en diversos puntos de la ruta para animarlo. Recordaba Plaza que mientras el dolor de la rodilla se hacía cada vez más fuerte, un grupo de chilenos fue a animarlo: “Santiago Pérez se me acercó y corrió a mi lado durante varios cientos de metros, y continuamente me decía: Acuérdate que eres chileno, corre, corre, alcánzalos”.

La maratón fue informada cada tanto por las agencias informativas al resto del mundo. De hecho, desde las 10 de la mañana cientos de porteños se ubicaron en las afueras del diario La Unión para conocer detalles de la maratón. A los 13, 25, 28 y 35 kilómetros, las agencias informaron lo que iba sucediendo y que Plaza, cual Filípides, iba escalando posiciones. La buena nueva llegó de golpe con los resultados finales que hicieron estallar al público que había ido creciendo a la medida que avanzaba la competencia.

Al llegar a la meta, los chilenos presentes en el estadio rompieron el protocolo y se abalanzaron sobre Plaza para tomarlo y pasearlo en andas, mientras entonaban, emocionados, el himno nacional.

Dicen que una vez terminada la prueba, extenuado por el esfuerzo de haber tratado de vencer al franco argelino, rodeado de chilenos que lo felicitaban en el camarín, preguntó si la bandera chilena estaba en el mástil olímpico, como él había prometido que iba a estar. Un dirigente lo llevó afuera para mostrarle que así era. Entonces Plaza no pudo contener la emoción y cambió las gotas de transpiración por lágrimas. La felicidad superó al agotamiento y en la noche salió a bailar a uno de los clubes de la ciudad, como no lo había hecho nunca en toda su estancia, donde fue reconocido y felicitado por los asistentes.

En Chile, la noticia estuvo durante varios días en la prensa y las famosas revistas Sucesos y Zig-Zag le dedicaron números especiales. Mientras en Santiago se hacía una colecta para comprarle una casa, en Valparaíso, los porteños no quisieron ser menos e iniciaron una campaña llamada “Un peso para Plaza” en la que se invitaba a los ciudadanos a aportar un fondo común para el atleta que se complementaban a lo $20.000 pesos que dio el Gobierno y los $3.000 que aportó su club, el Green Cross.

De esta forma, Plaza se convirtió en el primero en conseguir una medalla olímpica, la primera de…pocas. Las iniciativas para consolidar este logro proliferaron en ese entonces, igual como ocurrió después con Ahrens, Iruarrizaga, González y Massú, y aquí estamos, luego de 13 años, esperando que los dioses olímpicos se compadezcan de nosotros para que caiga otra presea en nuestra escuálida historia.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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