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La obra gruesa

27 de Marzo 2016 Noticias

Escuela de Periodismo

La Tercera

Es otra cara del deterioro político, sin duda una más sutil y menos noticiosa que los escándalos sobre financiamiento irregular. Corre como un río subterráneo, volviendo parte del paisaje situaciones hace un tiempo impensables; y aunque sus secuelas son menos obvias, a la larga van igualmente degradando el marco institucional y normativo en el que se procesan las decisiones públicas.

Para darle legitimidad a una coalición de gobierno marcada por disensos profundos, se buscó convencer al país del valor intrínseco de las diferencias; esta forzada necesidad de amparar desacuerdos terminó, sin embargo, haciendo que el ministro Burgos, jefe de gabinete y del equipo político, se transforme hoy en la principal voz disidente del oficialismo. Situación insólita, que ha afectado la coherencia del gobierno en temas emblemáticos como la permanencia en su puesto del ex administrador de La Moneda y, ahora, en las causales de despenalización del aborto. Pero a la autoridad el tema no parece inquietarle, ya que entre sus objetivos no está la necesidad de dar señales de conducción política claras y consistentes entre sí. Aunque ello afecte sobre todo la imagen de la propia Mandataria.

En rigor, el ministro del interior podrá continuar en su puesto y seguir pauteando los disensos oficialistas, porque la verdadera prioridad del Ejecutivo es evidente: aprobar sus reformas sin importar el grado de acuerdo que su contenido específico genere al interior de la coalición y sin considerar tampoco el rigor técnico o sus eventuales externalidades negativas. Michelle Bachelet fue hace un par de días elocuente: lo importante era y es dejar instalada la ‘obra gruesa’ de las transformaciones en curso, aquello que no podrá ser removido en el futuro, y para eso no se requiere de acuerdos transversales con la oposición, ni siquiera de consensos técnicos al interior del propio gobierno.

Una reforma tributaria plagada de dificultades operativas, cambios en el sistema escolar y universitario para los que no alcanzarán los recursos, una reforma laboral que rigidiza el mercado del trabajo y desincentiva la inversión, un proceso constituyente sin un solo contenido puesto aun sobre la mesa, etc. Al final, nada importa, lo único que tiene sentido es ‘haber movido el cerco’ de lo posible, dejar instalados los cambios aunque no haya certeza de si las ‘terminaciones’ de estos proyectos serán posibles, o si sus efectos a largo plazo serán viables.

Dada esta convicción -lo único relevante es la obra gruesa- resulta cierto que la posición expresada por el ministro del Interior respecto a las causales de aborto es inofensiva, como también lo es que los desacuerdos oficialistas sobre las ‘adecuaciones necesarias’ en caso de huelga tengan un grado de ambigüedad tal, que terminen obligadas a resolverse en tribunales. En efecto, ninguna de estas consideraciones es hoy relevante; ni el daño que el ministro Burgos le genera con sus disensos al gobierno y a la Presidenta, ni los efectos que políticas públicas improvisadas y con obligadas indefiniciones le imponen al país.

La obra gruesa de este gobierno es ya una herencia inamovible; una donde no sólo no importaron los medios, sino que ni siquiera la calidad y el rigor de los propios fines.

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