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¿Jaguares de la pobreza?

19 de Marzo 2023 Columnas

Hace casi tres décadas los chilenos comenzamos a creernos el cuento de una supuesta superioridad económica, política y social -e incluso moral- frente a los países vecinos. El “jaguar de Latinoamérica” se convirtió en un dicho que se repetía continuamente y ni siquiera nos daba vergüenza.

Pero los propios hechos y el devenir de los procesos histórico-políticos fueron desmintiendo rápidamente aquello. El estallido social, precisamente, fue una muestra de que este rápido y exitoso animal en realidad era más pantalla que fondo. Ni corríamos tan velozmente, ni éramos tan triunfantes como pensábamos.

Sin embargo, el estallido pasó y muy pronto -ayudados por la pandemia- volvimos a esa “normalidad” de creernos lo que no somos. Incluso, éramos los que mejor manejábamos el Covid-19, un ejemplo para el mundo entero.

En estos días, hemos tenido un recordatorio de nuestra fragilidad y de la máscara que nos hace llevar a los turistas al Costanera Center o al denominado “Sanhattan”, pero tapándoles los ojos en el camino, para que no vean otras cosas que nos puedan delatar. Como si pudiéramos esconder realidades de una magnitud tan grande, que duele.

Así sucede con el dramático e histórico aumento de personas viviendo en campamentos en el país, especialmente en nuestra región y en el norte. Y que nos recordó, esta semana, la ONG Techo, a partir de la publicación de un nuevo catastro de las personas instaladas en asentamientos precarios en Chile. Rápidamente, volvimos a poner los pies, literalmente, en la tierra. Al menos algunos.

Los números son fríos, pero impactantes. La cantidad de familias en esta situación aumentó casi en un 40% respecto del catastro anterior, realizado entre 2021 y 2022. Hoy, más de cien mil hogares están instalados en sitios no aptos ni dignos para la vida humana. Algo así como cinco estadios Sausalito llenos.

Valparaíso sigue siendo la región con más familias viviendo en esta precariedad (cerca de siete mil), lo que no debiera sorprender a nadie, pues basta con mirar a cualquier lado del Troncal Sur o subir por Santos Ossa para darse cuenta que la realidad que ya existía hace algunos años, hoy es mucho más compleja. No se trata solo de pobreza dura, sino de personas que necesitan una vivienda y no la consiguen ni por parte del Estado ni por el lado de los privados, preocupados siempre de poder sacar más y utilizar la “viveza” por sobre la solidaridad. Simplemente, a los habitantes del país no les alcanza.

Estos datos tampoco son tan nuevos. Ya el año pasado el Ministerio de Vivienda y Urbanismo había lanzado un catastro que debiera haber levantado las alertas. Sobre todo en nuestra región, que lideró nuevamente la medición. De acuerdo al estudio, hay en Chile más de mil campamentos y 355 son nuevos. El 75% de estos hogares están entre Valparaíso, la capital y Tarapacá. Y no solo eso. Somos la zona donde más han surgido nuevos asentamientos, sobre 70.

Respecto de la composición de estos lugares, según el gobierno, una de cada tres personas viviendo allí son migrantes, datos muy similares al estudio de Techo y que se complementan con otro trabajo lanzado en 2022, del Laboratorio de Encuestas y Análisis Social de la Universidad Adolfo Ibáñez, en el que se caracterizó a la población extranjera que ha llegado a Chile, en distintos ámbitos. Uno de ellos, fue la calidad de la vivienda a la que accedieron aquí versus la que tenían en sus lugares de origen. Sorprendentemente, más de un 50% aseguró estar “mejor” o “mucho mejor” en Chile, lo que más bien habla de la precariedad que vivían previamente.

Aquello no puede hacernos obviar una realidad que se esconde en las carreteras y sectores alejados, pero que existe, sigue creciendo y afecta a los más vulnerables en la sociedad. No solo respecto de su nivel de ingresos, sino también al enfocarse en la cantidad de niños, niñas y adolescentes viviendo allí. En nuestra región, son casi 25 mil menores de 14 años en esta situación. Nuevamente, un estadio Sausalito más que lleno y una población en plena formación, donde las consecuencias de esta precariedad pueden afectarla sicológica e incluso físicamente de por vida.

Entonces, entre lo desalmados que nos hemos convertido los chilenos a la hora de arrendar, sumado a la poca capacidad del Estado de hacerse cargo de este tema, las posibilidades de mejora son pocas. Esta pobreza dura que antes denunciaba la fallecida dirigenta del campamento Manuel Bustos, María Medina, hoy nos golpea en la cara y nos demuestra que, en realidad, el disfraz de jaguares nos quedó demasiado grande.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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