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Interpretando 2019 a partir de 1789

17 de Noviembre 2019 Columnas

A 240 años de la Revolución Francesa, el movimiento social que se ha desarrollado en Chile, aunque no tiene similitudes ni la dimensión de lo sucedido en Europa, puede encontrar en este hecho, algunas interpretaciones que resultan ilustrativas en el análisis de los hechos.

El historiador George Rudé, en una síntesis realizada para los dos siglos de la revolución, realiza una interesante revisión de cómo fueron variando las miradas sobre este acontecimiento. Su trabajo parte con Peter Burke, quien consideró que el antiguo sistema no era desagradable y que, de hecho, solo necesitaba algunos pocos ajustes para enderezarlo. La revolución, lejos de ser la consecuencia de un auténtico deseo de reforma, había sido provocada por las ambiciones de una minoría. Detrás de ésta venía la “turba o multitud sucia, ansiosa de un botín, propensa al crimen e incapaz de formar juicios e independientes”. La revolución, de Burke, más que de quejas legítimas, era hija de la conspiración de unos pocos. Esta explicación se ajustaba de manera perfecta a quienes veían más males que beneficios en esta crisis y para quienes era más fácil culpar a pequeños grupos de haberla provocado como masones o judíos.

En la vereda contraria, se encontraban aquellos que tenían una mirada positiva de este movimiento y para quienes era el resultado de una protesta social legítima de las clases pobres y humildes contra los defectos del antiguo régimen. El historiador Jules Michelet, por ejemplo, vio en la revolución un alzamiento espontáneo y regenerador de toda la nación francesa contra el despotismo, la pobreza e injusticia.

Alexis de Tocqueville tenía una mirada más bien crítica. 1789 figuraba como un movimiento preparado por las clases más civilizadas, pero ejecutada por las más bárbaras y toscas. Su interpretación de lo ocurrido resulta clarividente: “La experiencia muestra que el momento más peligroso para un mal gobierno es generalmente aquel en que se propone abordar la reforma”. A lo que agrega Rudé: “Por lo tanto, no fue tanto la ausencia de reforma como el carácter y el retraso de la misma lo que vino a precipitar una revolución en lugar de impedirla”.

En esta línea, Tocqueville se pregunta si realmente fue la pobreza lo que desató la crisis: no, su comercio, industria y agricultura estaban aumentando. Los campesinos, lejos de morir de hambre, comenzaban a educarse y habían empezado a acceder a la propiedad de las tierras. ¿Por qué ocurrió en Francia y no en países mucho más pobres como Austria, Polonia y Rusia? “Porque las clases medias estaban enriqueciéndose y tenían más conciencia del aumento de su importancia social y porque los campesinos estaban adquiriendo libertad, cultura y prosperidad”. Desde esa nueva posición, los privilegios aristocráticos parecían tanto más irritantes e intolerables. Luego, Tocqueville termina con una reflexión iluminadora:

 “No siempre al pasar de lo malo a lo peor una sociedad cae en la revolución. Sucede con más frecuencia que un pueblo, que ha sostenido sin quejas, como si no las sintiera, las leyes más opresoras, se las sacude apenas aliviana su peso…El feudalismo en la cumbre de su poder no había inspirado a los franceses tanto odio como fue el caso en vísperas de su desaparición”, concluye Tocqueville.

Luego George Lefebvre estudió las diferencias que existían dentro de los campesinos, vistos siempre como una masa, identificando grupos sociales con intereses muy distintos. Más adelante, Alfred Cobban derribó algunos conceptos clásicos y entendió que la revolución había sido un triunfo de la clase conservadora. Elizabeth Eisenstein, en tanto, llegó a la conclusión de que no existió un plan destinado a beneficiar a uno u otro grupo: “Nadie pudo haber previsto que las cosas se desarrollarían como lo hicieron (…) los revolucionarios habían sido creados por la Revolución”.

 Así, las interpretaciones suman y siguen. Hacia 1989, poco después de que Rudé terminara su libro, los historiadores no habían sido capaces de ponerse de acuerdo respecto a una historia común. En el fondo, más que dar con una verdad, tal como sucede con lo que ha pasado en Chile, las interpretaciones son el resultados de las miradas y valores que cada uno posee. Asimismo, revisar la historia, aunque nunca nos impedirá seguir cometiendo los mismos errores, sí nos entrega más elementos de juicio para poder comprender mejor la realidad y tomar decisiones.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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