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Ingeniería para el futuro

18 de Junio 2020 Columnas

Vivimos en una nueva era geológica: el antropoceno, la era de la humanidad. Este término, acuñado hace 20 años por el Premio Nobel de Química Paul Crutzen, evoca otros quizás más familiares como los periodos carbonífero o paleozoico, o más reconocibles como el jurásico y cretácico, épocas favoritas de millones de niñas y niños gracias a los impresionantes y hasta carismáticos dinosaurios que repentinamente desaparecieron en la denominada quinta extinción masiva. Y, aunque cueste creerlo, hoy estamos experimentando lo que podría ser un sexto episodio, y no es precisamente cortesía del virus SARS-Co V-2, por más apocalíptico que este sea.

Si bien hay distintas fechas propuestas para el inicio del antropoceno, es claro que los sedimentos radiactivos provenientes de los numerosos ensayos nucleares de mediados del siglo pasado serán descubiertos por los geólogos de un futuro muy lejano. Efectivamente, en los últimos 70 años hemos dejado huellas indelebles sobre el planeta, cambiado los cursos de ríos y lagos, destruido montañas y humedales, Hemos emitido suficiente CO» para modificar el clima a escala global, aumentando en un grado centígrado el promedio anual, acidificando los océanos con el consecuente deterioro de miles de kilómetros de corales y reduciendo la biodiversidad a tasas jamás vistas en los 4.500 millones de años de la Tierra.

Así, hoy hay cerca de un millón de especies en peligro de extinción. Nadie en su sano juicio puede desconocer el incremento de eventos climáticos extremos como incendios, huracanes o mega-sequías —como la que aqueja a la región central del país por una década—, entre otros, y menos aún los impactos socio-económicos que estos implican La paradoja está en que todo lo anterior ocurre, en gran parte, gracias a nuestra infinita capacidad de inventar, descubrir y desarrollar tecnologías para aprovechar los recursos naturales disponibles y satisfacer distintas necesidades, algunas relevantes para nuestra propia existencia, otras seguramente no tanto.

Durante décadas, el mundo aceleró el ritmo de adopción de tecnologías en todo ámbito, desde las en medios de transporte y telecomunicaciones, pasando construcción de obras civiles y por la generación y consumo de — viviendas, e incluso en nuestras energía, la producción y formas de entretención. Esto es conservación de alimentos, ola esperable porque naturalmente la tecnología crece exponencialmente: basta recordar la famosa ley de Moore —la capacidad de procesamiento de los computadores se duplica cada 18 meses— También esto explica la creciente brecha digital entre países.

Una necesidad

Luego, uno podría querer culpar a las ingenieras e ingenieros de que estemos en el antropoceno. Y sin embargo, son ellos a quienes más necesitamos hoy para enmendar el camino. Entendido como aquél que satisface las necesidades del presente sin comprometer la capacidad de futuras generaciones, el desarrollo sostenible garantiza el equilibrio entre el crecimiento económico, el cuidado del medio ambiente y el bienestar social. Y gracias a la misma ley de Moore, hoy es posible crear sistemas inteligentes que permiten garantizar la sostenibilidad de los mismos.

En otras palabras, la incorporación de sistemas autónomos y distribuidos, capaces de tomar millones datos continuamente y procesarlos para analizar escenarios posibles y recomendar decisiones, son la base para habilitar ciudades inteligentes que ahorren energía y controlen sus residuos, o crear sistemas de agricultura y pesca de precisión que conserven los ecosistemas, entre miles de otras posibilidades que nos dan esperanza.

Pensar que podemos prescindir de la Ciencia y la Ingeniería para resolver nuestros problemas solo puede enviarnos al más triste oscurantismo populista.
Necesitamos una sociedad mejor formada científica y tecnológicamente, que desarrolle estas competencias para aprovechar e incorporar esas herramientas responsablemente para el beneficio de todos. En este sentido, las escuelas de Ingeniería están llamadas a formar ingenieras e ingenieros que posean habilidades esenciales como el pensamiento crítico, la comunicación y el trabajo colaborativo, para dar respuesta a desafíos adaptativos por medio del rigor científico y la incorporación creativa de tecnologías inteligentes.

El impulso que el programa Corfo Ingeniería 2030 ha generado en el país va en la dirección correcta, la Ingeniería del Futuro debe construir un mundo sostenible. Pensar que podemos prescindir de la Ciencia y la Ingeniería para resolver nuestros problemas solo puede enviarnos al más triste oscurantismo populista.

Publicado en El Mercurio

 

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