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A golpes no se aprende

25 de Marzo 2018 Columnas

“Puede ser facho, victimizarse, ser provocador, incluso nazi para algunos, pero nada de eso justifica atacarlo. A quienes piensan distinto se les combate con palabras, con humor, con ironías, con ideas, con juicio, y no importa de qué lado eres”.

No era raro que el humorista Yerko Puchento se refiriera a la agresión que vivió esta semana el excandidato presidencial José Antonio Kast en la Universidad Arturo Prat de Iquique. Lo distinto fue, sin embargo, que el controvertido personaje de Canal 13 no se riera del exabanderado y que, por el contrario, decidiera defenderlo.

Era esperable el respaldo de la clase política, al menos de la más tradicional. Pero el humorista dio cuenta de una temperatura ambiente que, para ese momento, ya se había tomado las redes sociales y las conversaciones de pasillo: salvo algunos dirigentes del propio Frente Amplio –conglomerado al que parece pertenecer uno de los agresores- y del PC, la gran mayoría criticó la violencia, aun cuando Kast no fuera santo de su devoción.

La razón para aquello es sencilla. Chile ya vivió esto. Muchos, sobre todo quienes tienen más edad, ya estuvieron ante este tipo de espectáculos y presenciaron su desenlace. Estuvieron ahí cuando las familias se dividían por razones políticas, cuando los barrios se enfrentaban a golpes y cuando los dirigentes políticos se hacían frente a balazos. Y fueron protagonistas también cuando todo terminó y se vino el silencio; cuando las calles se tiñeron de gris y el mar se pintó de rojo. Pasaron 17 años sin poder pensar libremente, sin democracia, sin debate y con la violencia como forma de gobierno.

Esa civilidad, que tanto costó recuperar, es lo que se pone en peligro cuando José Antonio Kast es violentado. No importa si efectivamente él es un personaje cuyas ideas muchas veces producen un rechazo profundo, incluso náuseas, porque parte esencial de la democracia incluye efectivamente la posibilidad de pensar distinto y convivir con aquello. O rechazarlo y debatir, argumentar, refutar sus postulados a través del conocimiento. No a través de la violencia física.

De hecho, se puede concordar fácilmente en que toda la campaña y posicionamiento de Kast se ha realizado en base a provocaciones, a no respetar ni un ápice al que piensa distinto, a promover la violencia desde el lenguaje hasta decir basta. Se sabe que el exabanderado se dedica a provocar y una forma de hacerlo ha sido yendo precisamente a lugares donde sabe que sus posturas son rechazadas ampliamente. Pero en un país serio y maduro, aquello no es razón para que sea golpeado por una turba.

En este peligroso juego, además, los “iluminados” que planearon la funa no pensaron que el efecto que generarían sería el contrario al esperado. De hecho, esta agresión no hace otra cosa que levantar al nivel de mártir a un dirigente político cuyo peso político es ínfimo: apenas alcanza al 7%, sin parlamentarios ni partido que puedan sustentar su “legado”.

Por eso, la violencia en el lenguaje ha sido la forma en que Kast se ha posicionado. Y no ha sido el único. Ya lo hizo hace tiempo Marco Enríquez-Ominami –antes de que comenzara a caer en las encuestas-, pero ahora es el mismo Kast el que se ha dedicado a profitar del odio, al igual que Pamela Jiles cuando inicia su mandato en el Congreso diciendo que llega a hacer “la guerra” y advierte que los poderosos deben “temblar”. O personajes como Sergio Melnick, que trata de “limitadita” a una senadora. Se trata de discursos incendiarios que no hacen otra cosa que encender los ánimos y adormecer el intelecto.

Punto aparte es la preocupación que produce el que esta violenta situación se dé precisamente en una universidad, un lugar reservado para el pensamiento, la universalidad de conceptos y posturas, el debate, la discusión con altura de miras. En ese escenario, la paradoja de un grupo linchando a un personaje por sus ideas –por odiosas que sean- no tiene lógica.

La democracia es un bien que costó mucho recuperar, aunque muchos de los “jóvenes” (bien entre comillas, porque el supuesto agresor es hombre de cuatro décadas) del Frente Amplio no lo hayan vivido y ciertamente Kast no pierda el sueño por aquello. La agonía en la década del ‘70 comenzó en las palabras y terminó en las armas. No debiera olvidarse que aquello comenzó desde las clases políticas y su lenguaje, para terminar dividiendo a todo un país, que dolorosamente entendió que a golpes no se aprende.

Publicado en El Mercurio de Valparaíso.

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