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Florcita Motuda bajo la lupa de Carreño

22 de Marzo 2018 Columnas

La llegada de “Florcita Motuda” a la ceremonia de investidura en el Congreso vestido de una especie de mago generó molestia en quienes consideran que hay que resguardar tradiciones y la etiqueta en los lugares que corresponden.

En relación a este tema, hace casi ciento cincuenta años, Manuel Antonio Carreño publicó en Venezuela un Compendio del Manual de Urbanidad y Buenas Maneras. Según el autor, más que inventar las normas, su labor fue, luego de un atento estudio de las reglas de la urbanidad, llevar al papel una serie de modales y costumbres de personas cultas y bien educadas.

Carreño creció en un contexto religioso y este espíritu se encuentra presente de forma transversal a lo largo del texto. No es casualidad que el primer capítulo esté dedicado a los deberes del hombre con Dios.

Las obligaciones religiosas iban de la mano con las reglas de urbanidad. Tan importante como asear el cuerpo antes de entrar a la cama, lo era alabar a Dios. Asimismo, al despertar, la primera obligación era con Dios, luego lavarse la cara, los ojos, los oídos, todo el cuello y peinarse. Carreño advertía evitar hábitos como comerse las uñas; humedecer los dedos de la boca para pasar las hojas de los libros; ocupar la mano para taparse la boca al estornudar, en vez de utilizar un pañuelo; introducir la mano en la ropa para rascarse y por supuesto: “También son actos asquerosos e inciviles el eructar, el limpiarse con los labios las manos después de haber escupido y sobre todo el mismo acto de escupir”.

Tal como sucedía en la época, el sexo se trataba como un tabú. Un párrafo perdido dentro de la obra, se hace cargo de este “repugnante” problema: “La dignidad y el decoro exijen de nosotros, que procuremos no llamar la atención de nadie antes ni después de entregarnos a aquellos actos que, por más naturales e indispensables que sean, tienen o pueden tener en sí algo de repugnante”.

Manuel Carreño también hacía recomendaciones a los estudiantes, destacaba que los maestros éramos los padres de los niños en la escuela y, por lo mismo, no debían hablar con nadie sobre defectos personales “que creamos haber descubierto en ellos” (espero que mis alumnos lean esta columna).Sin embargo, quizás por lo que más sea conocido el manual es por las normas referidas al actuar de las personas en la mesa. Aquí es donde, según el autor, se revela más claro el nivel de educación de una persona. Aunque muchas de las normas resultan conocidas y se mantienen vigentes, como no hacer ruido al mascar; sorber la sopa y limpiar las encías, otras permiten pintar un cuadro de época. Jamás levantarse para alcanzar un objeto: “Valgámonos en todos los casos de los sirvientes”. Igualmente, aparecen recomendaciones sobre como trinchar un ave, servida entera; viandas de carnicería con huesos adheridos, lo mismo que los jamones.

Al final del texto, aparecen otras reglas generales sobre, por ejemplo, las normas que deben ser cumplidas al momento de mandar una carta; jamás hablar de negocios; pedir dinero prestado; jamás ser ostentoso, estrictamente prohibido roncar, menos bostezar, etc.

Lo que pudo ser uno de los tantos manuales que pasaron al olvido, terminó siendo un éxito de ventas. Un reciente trabajo de la historiadora Natalia López destaca el hecho de que el Manual de Manuel Antonio Carreño se publicó por primera vez en 1853 y que apenas una década después ya era reeditado por la Imprenta y Librería del Mercurio en la ciudad de Valparaíso. Nacía un best seller que marcó de forma consciente e inconsciente a varias generaciones.

Finalmente, la lectura atenta de este libro permite comprender que la reglamentación que fomentaba Carreño, no guardaba relación con un simple protocolo, sino, en su mirada cristiana, con el respeto por el próximo. En este sentido, el honorable diputado “Florcita Motuda” sería para los ojos de Carreño un mal educado, no por su irreverente forma de vestir, sino por su individualismo, porque actuó sin importarle la opinión del resto.

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