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El rol de los académicos

6 de Enero 2020 Columnas

Quienes trabajamos en las universidades sabemos que estas han ido centrando su quehacer en todo aquello que ayude acrecentar los índices que rigen determinados rankings- tendencia de carácter mundial-. Así la docencia, una tarea primordial de la labor académica desde los orígenes de la universidad, ha sido, paulatinamente, relegada a un segundo plano, mientras se generan grandes esfuerzos por desarrollar investigación que quede consignada en revistas que pertenezcan a determinados “índices” internacionales de “excelencia”.

Es más, todo el modelo de postulación a fondos públicos concursables se basa en estos indicadores, por los cuales se reciben puntajes e incentivos que fomentan el desarrollo de una competencia feroz, dado que cada vez son más restringidos los fondos y más los investigadores con currículos adaptados a dichos estándares. Todo lo anterior tiene una consecuencia importante en el rol que juega el académico puesto que, imbuidos en investigaciones especializadas, su ámbito de acción se va reduciendo a la parcela de especialistas, dejando de lado aquella otra labor tan fundamental: el llevar los conocimientos a un amplio público, contribuyendo al desarrollo de la cultura y la educación.

En paralelo a lo anterior, el currículo educacional se ha visto afectado por una serie de reformas que han minado el desarrollo de las humanidades. Sin ir más lejos, en los últimos años hemos visto como la filosofía y la historia han sido amenazadas con su eliminación y posibilidad de ser transformadas en asignaturas “optativas”, con la idea de incrementar otras de corte más “práctico”. Todas estas resultan ser decisiones cuestionables, no sólo porque las humanidades contribuyen a la generación del conocimiento, la cultura y el pensamiento crítico; sino porque son valiosas en sí mismas, como elemento constitutivo del saber. En este sentido, es preciso indicar que: sí la educación es primordial, qué duda cabe; la cultura, fundamental.

No debería haber mayor margen de discusión en que la cultura contribuye al espíritu ciudadano. No basta sólo saber o tener certeza de cuáles son los derechos que tenemos, sino que también es importante saber cómo se llegó a esa convención. Sin duda valoraríamos más la existencia de nuestros derechos o de la democracia, con todos sus bemoles. Por tanto, es posible indicar que, en varios aspectos,  la ciudadanía se asienta sobre esta premisa: se enseña, se educa, porque ella misma es una creación cultural, el fruto de un camino de acuerdos y desacuerdos. La reducción permanente de determinados contenidos ha contribuido al debilitamiento de la educación ciudadana.

Es de esta manera que, ante los últimos acontecimientos que han afectado a nuestro país, vale la pena que recordemos cual es nuestra primera responsabilidad: educar y ayudar a la generación de una opinión informada.  Es imprescindible volver a colaborar en la difusión del conocimiento y evitar el festival de equívocos que se han manifestado producto que muchas cosas se expresan desde el sentir y no desde el pensar. Así vemos constantemente como existe un desconocimiento de lo que es una constitución; que comporta el pacto social; que se entiende por soberanía; cuál es el rol del estado; cómo se generan las leyes; cuales son los mecanismos que deberían modificarse para ir estableciendo posibilidades de justicia y equidad, etc. Muchas de estas, cuestiones básicas, pero que necesitan ser enseñadas porque la única forma de poder establecer un nuevo pacto es por medio de una educación ciudadana que permita tomar conciencia de los derechos y los deberes que tenemos como ciudadanos. Es allí donde los académicos debemos actuar y podemos aportar.

Publicada en La Segunda.

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