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El primer inmigrante

3 de Octubre 2021 Columnas

Aunque ha transcurrido una semana de las vergonzosas imágenes del domingo pasado en Iquique, cuando una turba descontrolada arrasó y quemó las cosas de un campamento de inmigrantes, no discriminando entre carpas, colchones, coches e incluso juguetes, el tema sigue dando vueltas en la agenda pública. Y es que guardar silencio frente a estos hechos nos transforma en cómplices de esta barbarie. Escribir una columna, en tanto, aunque no ayude a las personas que fueron afectadas, sirve como registro para que las futuras generaciones sepan que quizás la mayoría de los que fuimos testigos de lo que allí ocurrió, condenamos y lamentamos esta expresión de violencia.

Lo que sucedió es, en especial, grave, si entendemos la historia de nuestro país como una historia de inmigración. Aunque parezca rebuscado, si asumimos que los primeros habitantes de nuestro territorio fueron los pueblos originarios, el primer inmigrante en llegar a esta tierra no fue, contrario a lo que la mayoría cree, el español Diego de Almagro, sino un compatriota suyo, cuyo nombre no está claro si era Pedro o Gonzalo Calvo de Barrientos.

¿Quién era y por qué llegó acá? La respuesta a esta pregunta resolverá por qué se sabe tan poco de este personaje. Calvo de Barrientos fue condenado por robo en la localidad de Jauja y su castigo consistió en que le cortaran las orejas para que todo el mundo conociera su delito y su condición de ladrón. Como todavía no existían gorros como los del “Chavo del ocho” con orejeras que cubrieran su vergüenza, el ladronzuelo se autoexilió marchando al sur de Lima, en busca de nuevos destinos.

No hay antecedentes de la ruta que tomó, la forma en que lo hizo ni si obtuvo ayuda de lo parte de los pueblos que habitaban este espacio. Lo más seguro es que haya seguido el camino de los incas, estratégicamente preparado para abastecerse de agua y comida a través del árido clima y cruzar así el más crudo de los desiertos.

De esta manera, el ratero deambuló hasta que llegó hasta la actual región de Coquimbo, donde sorteó con éxito la desconfianza natural y sorpresa de los indígenas frente a tan peculiar personaje. Sin saberlo, el contacto con este pueblo, previo a la llegada del resto de sus compatriotas encabezados por Almagro, lo transformó en un personaje clave. La falta de orejas no fue impedimento para que sus oídos cumplieran la función clave de escuchar y entender ambos idiomas y servir de esta forma de traductor a mapuches e hispanos.

Nunca sabremos si tradujo lo que el resto le pedía o si decía lo que se le venía en gana, como dice el dicho “Traduttore, traditore” (Traductor, traidor). Es una incógnita si Gonzalo Calvo de Barrientos ayudó a sus compatriotas o si vio en esta labor la oportunidad de vengarse del desorejamiento. Tampoco conocemos qué fue de él después de la deshonrosa partida de Almagro y compañía. Lo que sí está claro es que fue el primer español del que haya registro en estas tierras y, por consecuencia, el primer inmigrante o, mejor dicho, un proto-inmigrante de un país que todavía estaba en estado embrionario.

De ahí en más, la historia de la migración ha estado marcada por el arribo de extranjeros y partidas de chilenos. De políticas a favor de su llegada como la empresa de Vicente Pérez Rosales; ausencia de políticas, como Michelle Bachelet con los haitianos o señales confusas como Sebastián Piñera primero ayudando y después expulsando a los venezolanos.

Independiente de esto, aquellos que maltratan a los inmigrantes, olvidan o desconocen periodos críticos de nuestra historia, en especial, luego del Golpe de Estado, cuando miles de chilenos se fueron del país, de forma obligada algunos y voluntaria, otros, en buscar de una mejor suerte.

Sobre los destinos, la paradoja es que, además de Europa y Norteamérica, en Sudamérica un destino predilecto fue Venezuela, cuando vivía el boom del petróleo hace cuarenta años.

Sobre sus actuaciones, hay que decir que algunos chilenos fueron aporte donde estuvieron, la mayoría marcó el paso y los menos siguieron la tradición del desorejado Calvo de Barrientos de apoderarse de lo ajeno.

En fin, testimonios de migración y recuerdos del exilio hay bastantes. Es más, un tío mío, el historiador José del Pozo, se ha dedicado a estudiar este tema. En todos estos relatos, no obstante, no hay ninguno que dé cuenta de un maltrato tan vil y vergonzoso como el vivido por los venezolanos en Iquique. No queda más que pedir disculpas.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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