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El hundimiento de Valparaíso

23 de Octubre 2022 Columnas

El año 1998, llegó la película Titanic a Chile. Aunque estrenada en 1997, eran tiempos donde había que esperar a que llegara al país en términos concretos, es decir, a través de un rollo. La expectación no solo estaba puesta en ver a un joven Leonardo Di Caprio en un romance imposible junto a Kate Winslet, sino además en los efectos especiales y rigor histórico de su director James Cameron. El desafío era enorme, todos saben que el barco se va a hundir y por eso la gracia está en cómo iba a contarlo.

La película estaba hecha con todos los efectos especiales de los nuevos computadores y en una calidad de alta definición en imagen y sonido que exigía un estándar distinto al que estábamos acostumbrados. De esta forma, quedaba obsoleta la mayoría de las salas de cine que existían en la zona y a las cuales me referí hace unas semanas (aunque mi amigo Julio me aclaró que me faltaron varias).

El mismo año del estreno de la película, se inauguraron dos cines que estaban en condiciones de presentar Titanic de la manera como lo había soñado James Cameron. Estos eran el cine de Reñaca y el Hoyts de Valparaíso.

Lo de Reñaca era una particularidad. Ubicado en el pequeño mall del centro, era una atracción para los vecinos de Reñaca, Concón y para los viñamarinos, antes de que fuera devorado por las grandes cadenas de cine y los nuevos malls.

Lo de Valparaíso, en cambio, era distinto. Un hito en términos de modernidad, pero en las bases de lo que había sido el antiguo cine Metro. Gracias al Hoyts, el puerto se ponía a la vanguardia, incorporando a su parrilla de cines, este nuevo concepto de las modernas cadenas que incluía un hall con dulces, cabritas y bebidas, butacas modernas, sonido digital (aunque nunca he entendido qué significa), imágenes en alta definición, etc. Entre las curiosidades del nuevo servicio, se incluía un acomodador que podía llevar comida a la sala. La idea era buena, mas no agradable, al olor de las bebidas y las cabritas, se sumaba el aroma a completo que algunos devoraban sin pudor, mientras, en la pantalla, a un desafortunado extra le sacaban las tripas.

Con sus múltiples salas y pantallas gigantes, durante casi 25 años, el cine Hoyts fue un panorama de entretención cómoda y segura para los porteños y viñamarinos. Tal como lo ha reporteado este diario, su presencia fue un motor que dinamizó la economía de la avenida Puerto Montt. En los kioscos y pequeños locales del entorno, se podían encontrar dulces y bebidas a precios razonables que había que esconder antes de entrar al cine. También se veían favorecidos algunos locales, como el tradicional Marco Polo, donde uno podía pasar a comentar la película acompañado de un shop y completo. Sin embargo, hace unos días la empresa informó que todo esto se acabó como resultado de las nuevas plataformas, la inseguridad del barrio, la pandemia y el estallido social.

El impacto del 18 de octubre de 2019 para el puerto es comparable al del iceberg con que chocó el gigantesco Titanic. De un momento a otro, el centro de la ciudad se vio sumido en la destrucción, el fuego y el caos. Mientras algunos descargaban su ira contra el sistema, otros aprovechaban de saquear y no pocos, desde la comodidad de sus hogares, celebraban y alentaban en redes sociales que Chile y el puerto hayan “despertado”.

Lo que vino después fue una dinámica de protestas y manifestaciones en las calles. Algunas pacíficas y otras violentas, aunque siempre con un denominador común: la puesta en escena obligaba al comercio a cerrar sus puertas a las dos de la tarde. A ninguno de esos esforzados locatarios les preguntaban siquiera si querían que marcharan o no por su dignidad.

Así, el comercio se fue apagando. Si el panorama ya era difícil con la falta de control de los vendedores ambulantes y la delincuencia, se complicó de forma grave con las protestas y colapsó con la pandemia que vino después.

Valparaíso, como le sucedió al Titanic después de chocar con iceberg, se hunde poco a poco. Han logrado escapar del naufragio las instituciones financieras, las empresas, los colegios, el comercio y ahora uno de sus más importantes cines. Algunos, como la mítica orquesta del majestuoso barco, insistimos en seguir tocando, pese a los adverso de las circunstancias. El alcalde, en tanto, corre el riesgo de pasar a la historia como el capitán Edward John Smith. Las autoridades de Gobierno son simples espectadores de este drama, saben que se va a hundir, pero pareciera que solo les interesa saber cómo.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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