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El debate por vínculos más igualitarios

10 de julio 2018 Columnas

En el corazón de los petitorios estudiantiles hay una demanda común de protección contra el abuso sexual. Fueron estos casos de iniquidad los que iniciaron la movilización de cientos de universitarios reivindicando igualdad de género. En la mayoría de las universidades hoy funcionan mesas de trabajo mixtas que reúnen a estudiantes, profesores y funcionarios, para discutir y elaborar protocolos contra el abuso sexual, establecer el uso de lenguaje inclusivo e incorporar el enfoque de género a la educación superior.

¿Nuestras jóvenes generaciones, las universitarias, las protagonistas de las tomas y las voces reivindicatorias de la “cuestión femenina”, son más igualitarias que sus antecesoras? Esta pregunta no puede responderse con un sí o no. ¿Cuál sería el parámetro? Si fuera el pasado, concluiríamos que en materia de equidad de género hemos avanzado. Si fuera el futuro, sería como horizonte para imaginar formas de relación distintas que superen las inequidades hoy denunciadas.

En los petitorios hay una demanda que nos alerta de buscar respuestas esencialistas –como una diferencia/igualdad pre-existente entre hombres y mujeres que habría que descubrir- y podría conjugar provechosamente ambas perspectivas. Es el reclamo por protección del abuso sexual entre estudiantes. Los atentados y amenazas no solo provienen de autoridades académicas, sino también de pares cercanos, del pololo, del amigo o del compañero de aula. Se trata de un abuso de poder distinto, frecuentemente invisibilizado o negado por la familiaridad del vínculo o una supuesta horizontalidad.

Esto revela que la violencia sexual no es solo herencia de una sociedad “machista”, tampoco carencia de educación y cultura, ni ocurre predominantemente en sectores socioeconómicos bajos. Respecto de la sociedad en su conjunto, quienes estudian en las universidades son nuestra elite intelectual, profesional, técnica, política (la lista es larga). Precisamente, debido a este perfil privilegiado es que las mesas de trabajo obligan a reformular la pregunta en términos de cómo somos. Estos nuevos protocolos abren un espacio de inteligibilidad para pensar cómo entendemos nuestros lazos sociales, cuáles son los sentidos con que interpretamos nuestras experiencias cotidianas y cómo configurar hacia adelante relaciones más igualitarias. Esta movilización puede también verse como una posibilidad de modificar nuestros patrones vinculantes en espacios no tan privilegiados de la sociedad, como las relaciones laborales, los vínculos familiares y, en definitiva, toda la cotidianidad extra-universitaria.

Publicada en La Segunda.

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