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De principito a príncipe

10 de mayo 2018 Columnas

Piñera puso en práctica lo que enseña Maquiavelo respecto de sus consejeros: “si ves que piensa más en sí mismo que en ti y que en todas sus acciones busca su beneficio, entonces jamás será un buen ministro y jamás podrás fiarte de él”.

Las redes sociales no se resistieron a la tentación de columpiar al senador Allamand por haber escogido El Principito como su obra favorita de la literatura en el Día Internacional del Libro. Tampoco pasó colado que el propio presidente Piñera citara a su autor, Antoine de Saint-Exupéry, en su columna conmemorativa. Piñera también es un declarado admirador del Principito. Uno podría esperar que políticos de fuste como los descritos tuvieran coordenadas culturales más complejas que las que entrega un libro para niños, pero se entiende que no están buscando posar de intelectuales sino conectarse con las masas. Espero.

Un libro menos simpático, pero mucho más útil para Piñera es El príncipe, de Maquiavelo. Aunque a estas alturas ya se ha convertido en otro lugar común, sus enseñanzas son más pertinentes para el ejercicio del poder. Maquiavelo, a diferencia de Saint-Exupéry, no goza de buena prensa. No me imagino a Sebastián Piñera –y prácticamente a ningún político profesional– subiendo una selfie con El príncipe. El beaterío lo crucificaría. Saint-Exupéry es básico pero inofensivo.

A estas alturas, Piñera no necesita aprender mucho de El príncipe. En muchos sentidos, se mueve instintivamente como él. Dos son las lecciones fundamentales de Maquiavelo: primero, el poder es la medida de todo. Si se pierde, lo que se hizo estuvo mal. Si se adquiere y se conserva, lo que se hizo estuvo bien. No hay un criterio moral independiente. Se dice que Maquiavelo inaugura la ciencia empírica de la política porque la emancipa del marco ético judeocristiano imperante. En este contexto, Piñera entiende que los gobiernos son juzgados por sus resultados y no por sus intenciones. Son los triunfadores los que escriben la historia.

Ligada a la anterior, la segunda enseñanza es que gobernar es un ejercicio de adaptación a la contingencia que consiste en aprovechar oportunidades y esquivar trampas y tormentas. Gobernar no es educar ni producir, como pensaban los radicales. Gobernar es navegar, diría Maquiavelo. Cada día tiene su afán y el gobernante que no es lo suficientemente plástico aprende antes a fracasar que a triunfar. La ideología es un marco de referencia amplio, pero el Príncipe no puede darse el lujo de ser dogmático. Esa plasticidad incluye, en el esquema maquiaveliano, la capacidad de transgredir códigos morales tradicionales: la capacidad de ser no-bueno. A los gobernantes se les permite más que al ciudadano común. Desde Maquiavelo en adelante, muchos se han preguntado si acaso ensuciarse las manos no es consustancial al ejercicio del poder.

Lo importante, insiste El príncipe, es guardar las apariencias: “Que cuando se le vea y se le oiga, parezca todo compasión, todo lealtad, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria que debe aparentar poseer que esta última cualidad”. Esto lo entendió bien Julio César, como relata Thornton Wilder en su novela epistolar Los idus de marzo. César nunca creyó en las supersticiones de su tiempo, pero les seguía el juego para contentar al vulgo. Esta puede puede ser una manera de interpretar los constantes despliegues de piedad pública del presidente Piñera. A muchos sinceros creyentes les parece del mal gusto. Pero tienen un propósito político legítimamente maquiaveliano.

Publicado en Revista Capital.

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