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De los chanchos al wifi

11 de Abril 2021 Columnas

El chiste ha circulado bastante por whatsapp. En él, figura un carabinero controlando a un hombre que está en un auto, imagen que va acompañada del siguiente diálogo:

  • ¿A dónde va?
  • A mi casa
  • ¿De dónde viene?
  • De comprar cosas esenciales.
  • Yo no veo nada, responde el carabinero.
  • Lo esencial es invisible a los ojos,
  • Salga del auto, Principito…

El chiste hace alusión a la lista de productos esenciales que ha publicado el Gobierno y que nos obliga a hacernos una pregunta un poco más compleja, no tan profunda como la de El Principito, pero sí desde un punto de vista cronológico, respecto a cómo han ido variando aquellos elementos que entran en esta lista.

Si retrocedemos en el tiempo a los orígenes de Chile, nos encontramos, por ejemplo, con que, luego del ataque a aquella aldea que fue bautizada por Pedro de Valdivia como Santiago, un 11 de septiembre de 1541, los españoles quedaron con lo puesto y del incendio solo rescataron dos porquezuelas y un cochinillo, además de un pollo y una polla. A la falta de vestuario, herraje y otros artículos claves durante la Colonia, se agregó la ausencia del vino, que impidió seguir haciendo misa y, como si esto fuera poco, la falta de papel. Frente a este hecho, el escribano se vio obligado a anotar todo en tiras de cuero que, tiempo después, fueron comidas por los perros hambrientos, privándonos de algunos pasajes de nuestra historia. A pesar de esta precariedad y falta de artículos esenciales, la conquista, con sus claros y oscuros, se siguió llevando adelante en beneficio de Chile.

Si avanzamos algunos siglos, vemos que lo esencial para un soldado de la guerra del Pacífico debía pesar lo suficiente como para poder transportarlo durante kilómetros a lo largo del desierto. Estos llevaban enrollados sobre la espalda, un manto, una camisa, un calzoncillo, un pañuelo, una servilleta, un peine, un jabón, tabaco, cepillos y trapos. A esto hay que sumar las armas y el morral donde llevaban la comida, charqui y pan, más la cantimplora, donde transportaban agua, elemento verdaderamente vital en la campaña del desierto.

A inicios del siglo XX, surgió le necesidad de calcular el Índice de Precios al Consumidor (IPC), lo que se elaboró a partir de una canasta básica o esencial que incluía, en la década del ´30, entre los alimentos: pan francés, leche, carne, obviamente, pero también vino y cigarrillos, que de alimento tenía muy poco. En la ropa, se consideraba, entre otras cosas, un poncho. En combustible, leña, carbón y velas. Y, por último, en varios: entrada al cine, corte de pelo, y viaje en tranvía.

En un ambiente cada vez más polarizado, el gobierno de Salvador Allende, luego de los problemas de distribución, elaboró una lista de bienes elementales para una familia, conocida popularmente como “canasta familiar”. En la lista de productos se encontraban dos kilos de azúcar, dos litros de aceite, un tarrito de leche Nido y otro de Milo, un cuarto de té, un tarro de Nescafé mediano, un jabón Lux, un Omo mediano, un kilo de porotos, dos panes de mantequilla, un kilo de harina, cuatro caldos Maggi, un tubo de pasta de dientes, un pollo, un kilo de arroz, un Klenzo, flan y jalea, un kilo de fideos y dos tarros de leche condensada.

Acercándonos a nuestra época, durante la década del 80, ya hubo varios cambios. Dentro de la lista de la canasta familiar para calcular el IPC, se sumó un rollo de película fotográfica, alimento para mascotas, fotocopias, preuniversitario y una entrada a la piscina.

Ya terminando el siglo XX, se agrega a la cámara fotográfica, el computador, la impresora, el equipo de video, el microondas, televisión por cable, el disco compacto y el disquete. Artículos “esenciales” a los que luego se sumaría la banda ancha.

Mientras ahora algunos reclaman que no estén considerados la tintura para el pelo, cremas y accesorios de belleza, artículos de depilación y de estética corporal, otros lo hacen porque los artículos deportivos quedaron bloqueados en las góndolas de los supermercados, junto a la ropa y calzado.

Pese estas demandas, la lista de lo que se puede adquirir es bastante larga, quizás porque tiene que ver más con no perjudicar a las empresas que los producen que con afectar nuestra forma de vida. Pues, si hay algo que nos ha enseñado esta pandemia, es que lo esencial, ahora que hemos estado tan cerca de la muerte, tiene que ver con otras cosas, muchas de ellas inmateriales que, por comunes, dimos como obvias sin saber valorarlas: un abrazo, una reunión familiar o un café con un amigo.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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