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Cuatro conclusiones

20 de diciembre 2017 Columnas

Del triunfo electoral de Sebastián Piñera pueden sacarse al menos cuatro conclusiones que convendrá tener en mente para llevar adelante un buen gobierno.

Primero, el Frente Amplio (FA) se encuentra en una etapa muy preliminar de gestación y todavía está lejos de alcanzar el grado de maduración política que se requiere para llegar a La Moneda. La votación de Beatriz Sánchez fue ciertamente sorprendente, pero el domingo pasado quedó claro que los líderes del FA no tienen las bases territoriales que dicen o creen tener. De otra forma no se explica que en una elección —donde la participación fue incluso más alta que en la primera vuelta— Piñera obtuviera un porcentaje que sobrepasa por mucho el techo histórico de la derecha.

Segundo, esto me lleva a Piñera. Sin lugar a dudas, estamos frente a uno de los políticos más hábiles del siglo XX chileno y de lo que va del XXI. Piñera, bien lo sabemos, viene de un mundo de centro, que porta una concepción tradicional (socialcristiana, dirían algunos) de lo que es y debe ser la vida.

Pero también es un empresario exitoso, competitivo como no hay otro y trabajador incansable. Es decir, es un político que se acomoda a las circunstancias y que entiende que el ejercicio del poder va más allá de lo que manda un modelo o una teoría politológica.

Tercero, ahora bien, el éxito de Piñera ha jugado en contra de la renovación de la centroderecha. Los nuevos liderazgos continúan a la sombra del Presidente electo, y no parece claro ni menos obvio que el sector vaya a repetir este triunfo en cuatro años, como es el plan del propio Piñera. Para ser mayoría no basta con defender a rajatabla un ideario (como creen José Antonio Kast y Manuel José Ossandón); se necesita olfato para acomodar las fichas de forma tal que la vocación por lo público se concretice en un plan de largo alcance.

Cuarto, en caso de que Piñera persevere en la idea de que el suyo será un gobierno de unidad y con un relato similar al de la democracia transicional (cuestión del todo deseable), entonces tendrá que generar acuerdos con lo que va quedando de la antigua socialdemocracia chilena. Esa que en los noventa comprendió que la justicia social no puede ir disociada del crecimiento económico responsable y verdaderamente libre (sin monopolios de ningún tipo), y que ahora tiene la posibilidad de renovar su compromiso con la democracia representativa y las libertades individuales.

Valgan estas cuatro conclusiones como una reflexión preliminar de una elección que dejó a Piñera en una posición de privilegio no sólo para refrendar su papel en la historia de Chile sino para desarrollar un proyecto perdurable en el tiempo.

Publicado en La Segunda.

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