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Cuarentena opositora

11 de Abril 2020 Columnas

Esta vez, la lógica del reparto –la única complicidad que les queda- no alcanzó a ser suficiente y la oposición no tuvo los votos para retener la mesa de la Cámara de Diputados. Las desconfianzas, los roces y las cuentas acumuladas hicieron imposible agrupar los respaldos necesarios para seguir controlando uno de esos escasos espacios de poder cuyo valor, más allá del mero simbolismo, a los demás nos cuesta percibir.

Con seguridad, en un par de semanas las cosas volverán a su cauce: la nueva mesa oficialista será censurada, la DC sacrificará la candidatura del diputado Gabriel Silber, y la oposición retomará el control de uno de los pocos bastiones que tiene a su alcance. Pero el mar de fondo que inquieta sus aguas seguirá también su curso; un trayecto marcado por diferencias ya irreconciliables, donde conviven sectores que no tienen nada en común, salvo su vocación por el presupuesto público. Ni visiones de país, ni proyectos de futuro; nada, solo la convicción de que la alternancia en el poder ha sido en Chile un atentado a sus privilegios adquiridos, una anomalía que por definición debe corregirse de cualquier forma. Desde el estallido social de octubre, ello ha sido aún más explícito: sacar a la derecha del gobierno por las buenas o las malas; aprovechar la violencia como un factor desestabilizante e intentar destituir al presidente a través de una acusación constitucional, maniobra en la que diputados de todos los partidos opositores pusieron su firma.

A partir de marzo, la pandemia arruinó o al menos postergó mucho de esa estrategia. En efecto, no sabemos qué país y qué mundo vamos a encontrar al final del túnel, pero es muy probable que las intenciones que alimentaron el posicionamiento de la centroizquierda durante estos meses se mantengan incólumes. Es decir, sin el imperativo de toparse jamás con los dilemas que explican su ya larga enfermedad autoinmune y, menos aún, haciéndose frente al espejo las mínimas preguntas respecto de sus causas. Entre ellas, por qué si el gobierno de la ex Nueva Mayoría habría acertado en el diagnóstico respecto a los malestares de la sociedad chilena y pudo concretar buena parte de su programa, terminó barrido en las elecciones presidenciales siguientes y con su coalición destruida. O, más actual, por qué luego del 18 de octubre, y habiendo apoyado con entusiasmo e incondicionalidad todas las expresiones del movimiento social, no ha logrado capitalizar absolutamente nada, siguiendo sus niveles rechazo un derrotero bastante parecido al del gobierno.

Interrogantes que debieran ser elementales para una oposición que aspira a construir una alternativa de gobernabilidad a la altura de los desafíos que hoy enfrentan Chile y el mundo. Pero que no hay necesidad ni de plantear cuando lo único que importa es sumarse al coro de las encuestas y coordinarse para no perder privilegios o espacios de poder. Expresiones junto a muchas otras de una cuarentena política y mental que, para la actual oposición, empezó mucho antes de la pandemia.

Publicada en La Tercera.

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