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Chilexit

20 de diciembre 2018 Columnas

Probablemente no alcanza para nuevo clivaje del sistema político, pero la discusión sobre si el Estado chileno debía o no debía sumarse al compacto migratorio de Naciones Unidas transparentó una línea divisoria que hasta entonces no era relevante en el debate local. A un lado se ubicaron los partidarios de sumarse al esfuerzo internacional por una migración segura, ordenada y regular, honrando nuestra tradición de multilateralismo. Al otro lado se posicionaron los adversarios del globalismo, que acusaron un intento de restringir la soberanía nacional. A grandes rasgos, en el primer bando se matriculó el mundo político progresista, la intelectualidad y aquellos liberales con sensibilidad cosmopolita. En el segundo se aglutinó el mundo político conservador, los sectores menos educados temerosos del efecto migratorio y en general las voces nativistas. Si bien los primeros dominan la academia y los medios de comunicación ilustrados, los segundos constituyen la mayoría social. En ese sentido, la apuesta electoral del presidente Piñera es rentable: rechazar el pacto es una medida popular.

Aunque nuevo para nosotros, ya hemos visto en acción el libreto globalismo vs. Antiglobalismo en otros países, principalmente en Estados Unidos y Europa, a propósito de sus propios desafíos migratorios. Trump ganó porque hizo la misma apuesta de Piñera. Aunque no es enteramente cierto que su electorado fueran los “perdedores de la globalización”, avivó los miedos de una población que experimenta una creciente ansiedad económica y cultural. El enemigo, sugirió Trump, no es solamente el inmigrante que viene a robar trabajos y a violar mujeres, sino el orden internacional que dispone a su ideológico antojo. Su mandato «Make America Great Again— implica emanciparse de dicho orden. Lo mismo ocurrió en Reino Unido a propósito del Brexit: la promesa de sus promotores era retomar el control, supuestamente arrebatado por la burocracia de Bruselas. Votaron a favor de esta promesa, principalmente, las personas mayores, los grupos con menos años de escolaridad y los sectores provinciales. Votaron en contra los jóvenes, los grupos más educados y los residentes de metrópolis multiétnicas como Londres.

En los últimos años, la narrativa antiglobalista ha sido típica del populismo. Para los populistas, los globalistas y cosmopolitas representan una elite sobrealimentada que conspira contra los intereses de la patria. Piñera se aprendió el libreto: a diferencia de Michelle Bachelet, sugirió, él se pondría siempre del lado de sus compatriotas y no del lado de los organismos internacionales, insinuando que los últimos trabajan contra los intereses de los chilenos. La diputada RN Paulina Núñez fue más allá y copió el estilo Bolsonaro, acusando a los organismos internacionales de izquierdistas. La fiebre antiglobalista llevó a la diputada —también RN-— Camila Flores a sostener que los países serios se estaban saliendo de la ONU.En este sentido, de capitán a paje, el oficialismo se alinea con la retórica que hasta entonces había empleado José Antonio Kast, que con motivo del litigio con Bolivia en La Haya propuso retirarse del Pacto de Bogotá sobre solución pacífica de controversias en la región. En simple, Piñera gira hacia su derecha y coquetea abiertamente con el populismo antiglobalista. No lo hace porque sea genuinamente antiglobalista o populista. Por el contrario, al presidente le gusta el reconocimiento internacional. Lo hace únicamente porque detecta que allí está la ganancia local.

En ese sentido, no es injusta la comparación que hizo el senador Lagos Weber: tal como lo ha hecho Evo Morales en su eterna presidencia, Piñera construye artificialmente una controversia internacional para fortalecerse en el frente interno. También tienen cierta razón quienes lo comparan con Nicolás Maduro, que insiste en que los organismos internacionales de derechos humanos son enemigos del pueblo venezolano. Estas comparaciones, que pueden ser descabelladas en muchos otros sentidos, no lo son cuando se trata de identificar factores comunes del populismo, justamente porque el populismo trasciende izquierdas y derechas. El verdadero engaño populista, parafraseando el libro de un connotado libertario antiglobalista, es acusar que solo los gobernantes de izquierda son populistas, cuando en la actualidad, la mayoría de los populistas son antiglobalistas. Michelle Bachelet —quien aparece en
la portada de dicho título— está en las antípodas del discurso populista en este sentido. Ella representa justamente a la elite globalista, progresista y bienpensante que los populistas detestan.

Los populistas antiglobalistas, en cambio, son los que acompañan a Chile en la lista de países que no se suman al acuerdo de buena voluntad de Naciones Unidas: los Estados Unidos de Trump, la Rusia de Putin, la Hungría de Victor Orbán, la Polonia que dirige tras bambalinas Kaczynski y la Italia donde hace lo propio Matteo Salvini, entre otros. Ninguno de ellos le hace asco a deformar la verdad de las exigencias del pacto migratorio, diciéndoles a sus respectivos pueblos que su reticencia se debe a su intención de preservar la soberanía nacional (a pesar de que el pacto establece expresamente que la soberanía no se toca) y limitar la inmigración descontrolada (a pesar de que el pacto tiene por objeto precisamente aquello). Es lo mismo que ha hecho el gobierno de Sebastián Piñera en Chile. Pero no debería llamarnos la atención: al populismo, la postverdad le viene como anillo al dedo.

Publicada en Revista Capital.

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