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Bengalas que oscurecen

2 de Octubre 2022 Columnas

Como si la ciudad de Valparaíso no tuviese ya suficientes problemas, el miércoles pasado, el estadio Elías Figueroa volvió a estar en el centro de la noticia. Esta vez, por el lanzamiento de una bengala en el partido entre Universidad Católica y Universidad de Chile, que terminó lesionando al arquero de este equipo. 

No es la primera vez que hablo sobre la violencia en el fútbol y tengo claro que no será la última. Es fundamental no normalizar este tema ni perder la capacidad de asombro frente a un problema de larga data, respecto del cual vale la pena hacer algunas consideraciones. 

La primera guarda relación con la creación del canal del fútbol, hoy TNT. Después de una licitación desierta, Reinaldo Sánchez creó este canal el año 2003, cambiando diametralmente la industria de este deporte y generando una enorme cantidad de ingresos para los equipos. Antes de eso, los clubes armaban sus presupuestos dependiendo de cuántas personas podían llevar al estadio, un porcentaje por derechos de televisación y de lo que podían reunir por publicidad. Sin embargo, con el canal del fútbol, esto generó una revolución, siendo más importante tener abonados al cable que público y socios. 

La segunda consideración fue la promulgación de la Ley Estadio Seguro el 2015. Siguiendo los lineamientos aplicados en Inglaterra para acabar con la violencia en los recintos, se hizo una “versión desde” que abordaba superficialmente las medidas tomadas en Europa. Entre los aspectos más importantes, la seguridad dentro del estadio quedaba a cargo de guardias privados y carabineros solo podía ingresar en caso de que fuese necesario. 

El resultado tuvo dos efectos en la práctica. El primero, las medidas de seguridad que se exigen para un club pequeño provocan que las ganancias sean mínimas, desincentivando la convocatoria. Una forma de abaratar costos es contratar personas que estén dispuestas a ser guardias por poco dinero. Nadie que ejerza esta labor y que esté en su sano juicio estaría dispuesto a prohibir el ingreso a un delincuente o detenerlo en el estadio por una conducta impropia. 

En esta línea, es verdad que las exigencias de seguridad para el público en un recinto han aumentado, aunque solo para algunos. Mientras la mayoría de los mortales está sujeto a una serie de controles y le quitan hasta un lápiz porque puede ser peligroso, los guardias prefieren hacer “vista gorda” con los delincuentes. 

Otra fórmula para violar las medidas de seguridad, al igual que en el concierto de Daddy Yanqui, es agolparse en la puerta y meterse, en masa, minutos antes de que comience el partido, transformándose en una marea incontrolable. 

Esa es una forma de entrar las famosas bengalas. Hay otros trucos menos pudorosos para ingresar con ellas y lograr que sean “Indetectables”. Y si esto no resulta, los barristas utilizan a niños como “burros”, para que las carguen, aprovechándose del hecho de que no pueden ser revisados por los guardias. 

Por estas razones, se ha hecho corriente que las barras de los equipos desplieguen su show pirotécnico durante los partidos. Más allá del espectáculo, es una demostración de fuerza frente a la autoridad y los dirigentes de los clubes, una manera de decir que pueden hacer lo que quieren. 

La sanción que se ha implementado a los clubes frente a este tipo de hechos es la prohibición del público en el estadio, lo que sigue siendo un beneficio, pues obliga a los hinchas a suscribirse al cable. 

Esta semana apareció la propuesta de restar puntos al equipo que provoque desmanes como el sucedido el miércoles, sin embargo, el tema no es tan sencillo. Si se asume que lanzar una bengala puede significar la pérdida de puntos, podría surgir un terrorismo de estadio y sacrificarse lanzando una bengala haciéndose pasar por ser hincha del equipo rival. 

Nos enfrentamos a un problema estructural que no puede ser resuelto solo por el fútbol. Hay variables que van desde la marginalidad y anarquía de algunos grupos, hasta la pérdida progresiva de autoridad que han ido teniendo los carabineros. Los clubes tampoco tienen incentivos para hacer cambios reales. Pase lo que pase, siguen recibiendo los mismos ingresos por el canal del fútbol con o sin público. En fin, hasta que no exista una voluntad real por acabar con este tema, habrá tantas bengalas en los estadios como columnas dedicadas a ellas. 

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

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