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Al borde de la guerra

23 de diciembre 2018 Columnas

Hace exactamente 40 años, la historia de Argentina y Chile pudo haber tenido un giro dramático en sus relaciones. La noche del 21 al 22 de diciembre de 1978, la flota argentina intentó llevar a cabo su “Operación soberanía”, un plan que tenía por objetivo la ocupación o “recuperación” de las islas Picton, Nueva y Lennox, ubicadas en el Canal Beagle y que habían sido declaradas chilenas en la sentencia de su Majestad Británica, que había actuado como árbitro en este conflicto. La flota chilena, por su parte, tenía la orden de enfrentar a su par argentina si intentaba ejecutar este plan. Sin embargo, fueron las inclemencias climáticas las que impidieron que este choque fuera posible, evitando una guerra cuyas consecuencias, independiente de quién pudiera haber ganado la guerra, habrían sido catastróficas para ambos países.

Para poder comprender lo que estaba detrás de esta crisis, hay que remontarse en el tiempo a los inicios de 1840, cuando el gobierno del presidente Manuel Bulnes, inspirado por Bernardo O “Higgins, decidió llevar a cabo un acto soberano en el Estrecho de Magallanes. Esta acción, sumada al levantamiento de un fuerte, posteriormente llamado Fuerte Bulnes, encendió las alarmas en las Provincias Unidas del Río de la Plata y, desde ese entonces, se inició un proceso de disputa por el control de una zona que, hasta ese momento, no tenía un claro poseedor.

Aunque desde niños nos han enseñado que Chile perdió la Patagonia a manos de Argentina, la evidencia demuestra que, para las autoridades de la época, más relevante que esa extensa franja de territorio, lo era el Estrecho de Magallanes. Mientras la primera era una “tierra de salvajes”, el segundo era una zona clave en el paso de las embarcaciones que querían cruzar desde el Atlántico al Pacífico y viceversa, en un periodo cuando no existía el canal de Panamá.

La segunda mitad del siglo XIX y gran parte del XX estuvieron marcados por las disputas diplomáticas, levantamiento de
antecedentes históricos, muchos de ellos inventados, para demostrar los supuestos derechos de cada uno sobre esa zona.

A fines del siglo XIX y antes de la ocupación de Antofagasta, que dio inicio a la Guerra del Pacífico, todo parecía indicar que el conflicto iba a ser con Argentina. Tanto así que Arturo Prat, como lo ha desarrollado Piero Castagneto, ofició de espía en el Río de la Plata, un año antes, en 1878.

A pesar de esas tensiones, diversos acuerdos, algunos más favorables que otros, permitieron que Argentina y Chile mantuvieran una relación de paz poco común entre dos países con una frontera tan extensa. Eso hasta 1978.

Ese año, definido como “Annus Horribilis” por Gonzalo Vial, la Junta Militar argentina, con el objetivo de desviar la atención por las violaciones a los derechos humanos, la crisis económica y, además, en una disputa de poder interno dentro de la misma Junta, decidió “levantar” un conflicto con nuestro país, declarando “insalvablemente nulo” el fallo de la Reina que ratificaba la soberanía de Chile sobre las islas antes mencionadas. La Junta Militar de Chile suponía que una negociación sin “empolvados”, como se calificaba despectivamente a los diplomáticos, iba a resolver rápidamente la crisis. No obstante, sucedió lo contrario.

No fue sino hasta la llegada de un civil, Hernán Cubillos, a la Cancillería que Chile logró mitigar la desastrosa imagen que tenía el general Augusto Pinochet en el exterior y conmover a la comunidad internacional, en especial, a Estados Unidos y a Su Santidad Juan Pablo II, de que nuestro país estaba siendo agredido por Argentina, al no acatar este fallo. Gracias a eso, y la fortuna climática, se pudo frenar un conflicto que era inminente. Finalmente, no se puede comprender la Guerra de las Malvinas ni el apoyo de Chile a Gran Bretaña, por el que se nos califica de traidores, sin considerar la crisis del Beagle. Era la cosecha de un clima hostil que se había sembrado cuatro años antes con el fin de esconder los horrores de una dictadura que sacrificó la vida de miles de jóvenes inocentes.

Publicada en El Mercurio de Valparaíso.

 

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